Un discurso para la fruta codiciada

donald-trump-miami-cuba-1-580x326-580x3261

Por Castor Casal

Razones de Cuba

El 16 de junio de 2017, el teatro “Manuel Artime” de Miami, símbolo del “famoso” exilio cubano que recoge del gobierno buenas pagas y beneficios por sus puestas en escenas, recibió al gran presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El lugar, estaba atestado de personas de “gran importancia” para ese país como el senador republicano de Florida, Marco Rubio, miembros de esa contrarrevolución infame y los “grandiosos veteranos” de la invasión de Playa Girón. Todo se prestaba para un gran espectáculo. Las sonrisas, las carcajadas, el bullicio y los aplausos estaban listos para cuando se les pidiera. La adulación y la hipocresía las entregaban en la entrada para que todos tuvieran. El Mandatario merecía lo mejor, pues iba a hablar de Cuba.

Todo se desarrolló conforme al guión. Las palabras de amor del Jefe de Estado llovieron sobre la ciudad, sobre los presentes. Trump y Rubio quedaron como hermanos, aunque se pedían la cabeza en los comicios para la nominación republicana a las elecciones presidenciales de 2016. Como siempre, en el discurso presidencial no faltaron las ofensas y amenazas contra la Revolución cubana, el izaje de la bandera de la “democracia y los derechos humanos” y la declaración de las medidas de recrudecimiento del bloqueo que prometió en su campaña electoral. Un discurso desde Miami para Miami.

Muchas cartas se jugaban detrás de ese escenario. Se podría decir que el vuelo del Air Force One a esa ciudad fue el pago de una deuda. Marco Rubio, furibundo anticubano, se erigió como el gran defensor del presidente en audiencia del Senado, donde el exdirector del FBI, James Comey, dejaba ver que Trump entorpecía el desarrollo de las investigaciones sobre el vínculo de su grupo de transición con el gobierno ruso. Disipaba con sus preguntas cualquier nube de impeachment sobre el mandatario, le aseguraba al presidente el apoyo del Estado de Florida. Todo respondía a la satisfacción de intereses personales más que nacionales.

Es bueno recordar que Rubio durante las primarias en 2016 se mostró opuesto a los pasos que había dado el expresidente Barack Obama en el restablecimiento de las relaciones con Cuba. Por su parte Trump, en un inicio, no dio sus criterios sobre el tema, pero como hacía falta obtener los votos compromisarios de ese estado, se aventuró a esgrimir el argumento de deshacer la política de Obama con la Isla. Además, ya es un secreto a voces, la cuestión de La Habana es una forma de obtener mucho dinero gratis por parte del gobierno. Todo es un negocio de compraventa de votos y posiciones. Ahora toca cumplir con los compromisos después de ondear tanto la cuestión de Cuba.

Esto nos ratifica lo que destacó José Martí en agosto de 1886 sobre los partidos políticos estadounidenses: “(…) la incapacidad de los partidos para poner de acuerdo sus distintos bandos en las grandes cuestiones (…) por el olvido de toda idea alta de patria (…)”. Refiriéndose a las candidaturas a la presidencia expresó: “(…) no son más que el laborioso ajusto de ambiciones rivales, animadas por el lucro del puesto más que por el noble deseo de adelanto político”. La historia de Estados Unidos ha demostrado que la principal motivación de sus políticos es el crecimiento de sus riquezas y la forma que concibieron para lograrlo fue desarrollando el expansionismo, aspecto que ha sufrido Cuba con las doctrinas aplicadas por sus padres fundadores.

El discurso de Trump nos mostró que es un continuador de esas ideas, porque la anexión de la Isla siempre ha estado en el imaginario de la élite estadounidense. Estas acciones nos obligan a recordar cómo se han desarrollado, porque no debemos olvidar la historia sino queremos repetirla.

Años antes de que EE.UU. se erigiera como nación, cuando aún eran las Trece Colonias de Gran Bretaña, aparecieron los intereses por apoderarse de nuestra Isla. En carta enviada el 23 de junio de 1773 por John Adams, importante figura de la guerra de independencia y segundo presidente de ese país, a Robert R. Livingston, quien sería primer Secretario de Asuntos Extranjeros en 1781, se leía que: “Cuba es una extensión natural del continente norteamericano, y la continuidad de los Estados Unidos a lo largo de ese continente torna necesaria su anexión”. Otro prócer independentista, Benjamín Franklin, recomendó a Inglaterra en 1767, la toma de la Isla.

Ya conformado el ambicioso país, Thomas Jefferson expresó oficialmente el interés de los EE.UU. por Cuba, al notificar al Ministro de Gran Bretaña en Washington, que en caso de guerra con España, los EE.UU. se apoderarían de la Mayor de las Antillas. Aquel gesto representaba el interés de los grupos gobernantes por poseer la Isla debido a su posición geográfica, la cual le confería una gran importancia para la seguridad y defensa del territorio norteamericano, además de la calidad del clima, la fertilidad de los suelos y la existencia de importantes recursos naturales.

Las ideas injerencistas fueron compartidas tanto por Alexander Hamilton, primer Secretario del Tesoro, como por James Madison, futuro presidente de dicha Nación. El primero proponía crear un gran imperio integrando todos los territorios de América, bajo el dominio de los estadounidenses. El segundo, siendo presidente en 1810, envió agentes a Cuba para fomentar focos insurreccionales anexionistas y le comunicó a la corona inglesa el interés de su país por Cuba.

Todas estas acciones estaban amparadas por la doctrina del “derecho natural” que, presente en los derechos contenidos en la Declaración de Independencia, sirvió para justificar el expansionismo dictado por el Destino Manifiesto.

En 1823 John Quincy Adams, que años después sería mandatario, creó la tesis de la “Fruta Madura”, según la cual Cuba, por su cercanía geográfica, debía caer en manos de los EE.UU. cuando rompiera sus lazos coloniales con Madrid. Ellos estarían atentos a la situación de la Isla e impedirían la influencia de otras potencias en esta, especialmente Gran Bretaña, y esperarían el momento propicio para provocar la anexión.

Y así lo hicieron cuando transformaron la Guerra Necesaria organizada por José Martí, en la primera guerra imperialista de la historia, que terminó con el traspaso del poder sobre la Isla de España a EE.UU.

James Monroe, también mandatario norteamericano, a las alturas del 1823, hizo más evidente los intereses de dominación con su “Doctrina Monroe”, cuando proclamaba “la América para los americanos”. Consideraba como acción hostil cualquier tipo de influencia de las potencias de la época sobre el continente y concebía a Cuba como la adquisición más interesante de su país. También, amparados en esas políticas y doctrinas, los grupos de poder estadounidenses han intentado desde hace siglos otras acciones tan mezquinas como la compra de nuestra Isla, sin importarle los intereses de los cubanos.

Durante la Guerra de los 10 años (1868-1878), la nación norteamericana optó por apoyar a España, cumpliendo así con su política de la “Fruta Madura”. Ignoraron la beligerancia existente en Cuba desconociendo a la República en Armas nacida en la Asamblea de Guáimaro de 1869, al no ser recibida la delegación enviada por Carlos Manuel de Céspedes. En territorio estadounidense los movimientos de grupos de espía y policiales estuvieron dirigidos al descubrimiento y desmantelamiento de expediciones en apoyo a los mambises, además de fomentar la división entre los emigrados. A esto se le agrega el abastecimiento de armamento, uniformes, pertrechos al ejército español y la gran venta de 30 cañoneras a Madrid para el patrullaje de las costas cubanas.

Durante la tregua fecunda, Estados Unidos aprovechando la debilidad de la corona española por la guerra, incrementó la inversión en la industria del azúcar. Con el país devastado, todo era propicio para convertirse en la metrópolis económica de la Isla, al ser el principal comprador e inversor. También se mantienen las propuestas de compras sin arrojar resultados favorables. Los servicios de inteligencia yanqui realizaron una ardua labor para penetrar a los revolucionarios cubanos en el exterior. La actividad desarrollada por José Martí para unir a los emigrados y preparar la guerra necesaria se convirtió en uno de sus principales objetivos. Ejemplo de esto es el envío de miembros de la agencia de investigación Pinkerton al entorno familiar para buscar cualquier tipo de información sobre nuestro Héroe Nacional. Toda esa ofensiva dio al traste con la expedición de la Fernandina en 1894.

Durante la guerra necesaria asumieron la misma posición que en el período bélico anterior de 1868. España recibió gran apoyo en pertrechos y armas por parte de los Estados Unidos. Continuaron las acciones de inteligencia para impedir que las fuerzas mambisas no tuvieran apoyo desde el exterior. Implementaron la propaganda amarilla, donde se divulgaba las atrocidades de la reconcentración ordenada por el Capitán General, Valeriano Weyler, para crear un estado de opinión favorable a una posible intervención en el conflicto.

Ante la probable derrota española y cumpliendo, otra vez, con la política de la “fruta madura”, deciden incorporarse a la guerra. En febrero de 1898 vuelan el buque de guerra USS Maine para así tener el casus bellis, provocando la ruptura de la alianza con Madrid, tomando parte “a favor” de los mambises. El 25 de abril de 1898 aprueban la Resolución Conjunta, con la cual convierten la contienda independentista en la guerra hispano-cubana-norteamericana.

La llegada de las tropas yanquis a territorio cubano supuso el fomento de división entre los patriotas, al potenciar a aquellos que estuvieran más inclinados a sus intereses. Desconocieron la disciplina en la guerra mostrada por los mambises al impedirles la entrada en Santiago de Cuba y establecer conversaciones con los españoles. El 10 de diciembre de 1898, se firma el Tratado de Paris a espalda de los cubanos, con el cual se declaraba el fin de la guerra y el traspaso del poder a Estados Unidos sobre la Isla de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Años después Lenin consideraría este hecho como la primera guerra imperialista donde el vencedor le arrebata las posesiones al vencido.

Posteriormente, se implementarían en el país una serie intervenciones militares, políticas y económicas que ahondaron las desigualdades, el subdesarrollo y la pobreza. Se desatan represiones a obreros y revolucionarios bajo dictaduras auspiciadas por Washington. Todo esto duró 60 años y el triunfo de la Revolución, el 1ro de enero de 1959, destruiría el dominio norteamericano en la Isla, convirtiéndonos en la espina atravesada en la garganta del imperialismo yanqui. Si tiempo les costó apoderarse de Cuba, poco les duró la diversión porque llegó el Comandante y mandó a parar. Una realidad que el Señor Trump, y todos cuantos quieran apropiarse de nuestro país, deberán tener en cuenta.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuba, EEUU, Política, Relaciones bilaterales, Sin categoría y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s