EEUU se ha convertido en un “país forajido”

Correo del Orinoco

La abundante bibliografía y testimonios periodísticos presentan una asombrosa similitud entre la fase previa que concluyó con en el sangriento golpe militar, encabezado por Augusto Pinochet, contra Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, y el actual acoso, con algunas variantes, contra Venezuela, con amenazas de todo tipo (“todas las opciones están sobre la mesa”), incluyendo intervención militar, guerra cibernética, bloqueo marítimo, aéreo, financiero, acciones de sabotaje, presión diplomática, chantaje a la región y montañas de mentiras fabricadas y publicadas en los medios de comunicación, tanto a lo interno como a nivel internacional.

Por las redes sociales circula una gran cantidad de análisis, de alta, media y baja profundidad, no sometidos a censura previa, sobre los tiempos que discurren, las variantes de la geopolítica internacional, el papel de Rusia y China en este contexto, y, por supuesto, la vigencia o declive del imperio estadounidense y de sus aliados europeos. De Estados Unidos se afirma sin tapujos que “es un país forajido” y que la Casa Blanca es la cueva de “Alí Babá y los 40 ladrones”, parodiando la narración árabe.

“Allí (en la Casa Blanca)”, se sentencia, “convive una especie de pandilla al estilo del viejo oeste que, imponiendo la ley del revólver, anda asaltando pueblos, trenes, bancos, y diligencias, y se bebe el güisqui de las cantinas. Se sienten envalentonados, apoyados sobre un arsenal de armas nucleares. Cuando se trata de países débiles e indefensos, no se detienen en el cobarde chantaje, la intimidación y la amenaza, como con la pobre Haití. Actúan con la valentía del hombre que amenaza a otro que permanece amarrado en una silla… Entre sus opciones, sin temor a Dios, figuran el asesinato con saña y la desaparición física del que se oponga a sus designios…”.

De la Revolución Bolivariana y su conductor, Nicolás Maduro, quien debe soportar a diario un torrente de mentiras e injurias, al igual que en su momento Hugo Chávez, se reflexiona que quien quiera que ocupe su lugar sería defenestrado mediáticamente a fin de construir un expediente acusándolo de ser un dictador que hace sufrir a su pueblo. Se le tildará de narcotraficante, de acoger terroristas, de ser una amenaza para la región, de usurpar el cargo, de preparar elecciones fraudulentas, de torturar y de violar los derechos humanos de supuestos justicieros como Oscar Pérez.

En todo caso es evidente que la administración Trump está decidida a recolonizar América Latina para descabezar la rebelión regional que impulsó Hugo Chávez en su momento.

QUE CHILLE LA ECONOMÍA

El caso del derrocamiento de Salvador Allende, en Chile, surge a menudo como punto de comparación para entender las circunstancias que rodean al Gobierno Bolivariano y las vicisitudes por las que atraviesa su pueblo.

La información periodística, escrita y digital, entre ellas Wikipedia, refieren que Salvador Allende asumió en 1970 como presidente de Chile, y fue el primer político de orientación marxista en el mundo que accedió al poder por medio de elecciones generales en un Estado de derecho. Su gobierno, de marcado carácter reformista, se caracterizó por una creciente polarización política en la sociedad y una dura crisis económica que desembocó en una fuerte convulsión social.

La posibilidad de ejecutar un golpe de Estado contra el Gobierno de Allende existió incluso antes de su elección. El Gobierno de Estados Unidos, dirigido por el presidente Richard Nixon, y su secretario de Estado Henry Kissinger, influyeron en grupos opositores a Allende y financiaron y apoyaron activamente la realización de un golpe de Estado (militar).

​ En este periodo previo de calentamiento, caracterizado por violentos enfrentamientos callejeros, grupos de ultraderecha surgidos al alero del Partido Nacional, junto al movimiento Patria y Libertad, intentaron terminar con el Gobierno, y fueron apoyados y financiados por la CIA, que también conspiraba para derrocar a la Unidad Popular. En 1973, una vez que los métodos democráticos para deponer a Allende fracasaron, intensificaron su campaña de atentados con bombas y ataques para desestabilizarlo.

El 14 de mayo de 1973 fueron allanados varios locales de Patria y Libertad, y se encontraron numeroso armamento y explosivos luego del llamado de su líder, Roberto Thieme, desde Argentina, a desencadenar una guerra civil.

Durante el periodo de Allende, los medios de comunicación desempeñaron un papel fundamental en la formación de criterios en la población. En las campañas presidenciales de 1970, la prensa de derecha, por ejemplo, disparó sus dardos propagandísticos contra la coalición de la Unidad Popular con el objetivo de desacreditar al socialismo y despertar el miedo entre la población chilena.

Una vez que Salvador Allende asumió la presidencia, la noticia sirvió como pretexto para defender los intereses de la burguesía, que se encargó de decidir cuáles noticias debían tener circulación preferencial y manejaron constantemente la ironía, el ridículo, el apodo ofensivo y el insulto. Incluso, documentos desclasificados de la CIA revelan que el Gobierno estadounidense financió periódicos, entre ellos el diario El Mercurio, y revistas de derecha en perjuicio del Gobierno de Allende.

Nixon, apenas asumió el poder, ordenó derrocar a Allende mediante el Proyecto Fubelt, más conocido como Track II.

Documentos de la Casa Blanca publicados en 2009 revelaron que Nixon, durante su gestión, ofreció dinero y ayuda discreta al dictador brasileño Emilio Garrastazu Médici para influir a las fuerzas armadas chilenas con el fin de derrocar a Allende.

De acuerdo con papeles oficiales secretos divulgados por la organización no gubernamental National Secret Archives, Nixon le preguntó a Médici, en un encuentro en la Casa Blanca el 9 de diciembre de 1971, si los militares chilenos eran capaces de derribar a Allende, a lo cual Médici le respondió que sí y “dejó claro que Brasil estaba trabajando con ese objetivo”.

En los días posteriores a la estrecha elección de Allende, el 4 de septiembre de 1970, Henry Kissinger sostuvo una serie de conversaciones telefónicas urgentes sobre “cómo hacerlo” en Chile. “No permitiremos que Chile se vaya por el desagüe”, le dijo Kissinger en una de esas llamadas al director de la CIA, Richard Helms, quien le respondió: “Estoy contigo”.

El 15 de septiembre, durante una reunión de quince minutos en la Casa Blanca a la que asistió Kissinger, el presidente Nixon dijo al director de la CIA que la elección de Allende era inaceptable, y ordenó a la agencia actuar con su ya conocida frase «haremos chillar a la economía chilena», como lo registró Helms en sus apuntes.

En consecuencia, la CIA lanzó una campaña masiva de operaciones encubiertas, primero para impedir que Allende asumiera el gobierno, y cuando esa estrategia fracasó, para minar su gobernabilidad. «Nuestra principal preocupación en Chile es la posibilidad de que Allende se consolide, y que su imagen ante el mundo sea su éxito», dijo Nixon ante su Consejo de Seguridad Nacional el 6 de noviembre de 1970, dos días después de que Allende iniciara su Gobierno.

Al llevar a cabo la orden de Nixon, en los años siguientes el Gobierno de Estados Unidos «estranguló» la economía de Chile, según Henry Kissinger. Los bancos congelaron créditos. El Banco Mundial y otras instituciones financieras internacionales dominadas por Estados Unidos cancelaron préstamos. La ITT (empresa telefónica) formó un comité de representantes de corporaciones estadounidenses para fraguar una estrategia contra Allende, de la mano de la administración Nixon. Se enviaron agentes de la CIA a sabotear la economía y fomentar un movimiento de oposición contra el Gobierno de Allende, como la huelga de camioneros que paralizó el sistema de transporte.

DOS VISIONES, TODAS LAS OPCIONES

En los párrafos anteriores de este sucinto resumen, bastaría sustituir algunos nombres con los actores de hoy para encontrar la enorme similitud con Venezuela.

Del caso chileno se pude saltar fácilmente a lo ocurrido en Irak, sometida a una atroz campaña informativa de manipulación y mentiras, con lo de las armas de destrucción masiva, junto a los casos de Irán, Corea del Norte, Libia, Siria, Afganistán, Viet Nam. En su intento por recolonizar América Latina, el imperio dirige sus ataques para someter con urgencia a las indómitas Cuba y Venezuela, así como a la Nicaragua sandinista. Después irán por Bolivia.

Sobre el ensañamiento, crueldad y la premura de Estados Unidos por derrocar al Gobierno venezolano y a Nicolás Maduro se esgrimen dos tesis, aunque son las mismas que prevalecían durante la gestión del comandante Hugo Chávez: que se debe a las inmensas riquezas de la patria de Bolívar, debajo y sobre su suelo, y por el otro, que radica en el modelo económico, político, social e internacional que propugna la Revolución Bolivariana y que Hugo Chávez lanzó al escenario internacional abogando por un mundo multicéntrico y multipolar, con el socialismo del siglo XXI, apuntalado ahora por Nicolás Maduro. Ambas posturas contienen porciones de verdad, según se desprende de los diversos análisis vertidos al respecto y apoyados por infinidad de ejemplos.

Por un lado, se dice que los vocablos comunismo o socialismo han despertado horrores y temores en oficinas y pasillos de Washington, la Casa Blanca y el Pentágono. Empiezan a ver fantasmas y espantos por todos lados. De allí la arremetida inquisidora contra gobiernos que en cualquier rinconcito de América Latina asuman posturas con un mínimo de asomo progresista; así ha ocurrido a lo largo de más de un siglo.

Se arguye, en oposición a la primera corriente, que en 98 por ciento de las intervenciones, directas o indirectas de Estado Unidos en América, se han producido en países sin ingentes recursos o materias primas de verdadero peso. Chile no poseía petróleo, ni la Nicaragua de Augusto César Sandino, ni la isla de Grenada, muchos menos la Guatemala de Jacobo Arbenz, la República Dominicana del coronel Francisco Caamaño y de Juan Bosch, la Cuba de Fidel Castro, la Nicaragua sandinista de Daniel Ortega, tampoco El Salvador, Honduras, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia. Al parecer, Estados Unidos teme que el fuego del socialismo y el derecho que cada pueblo tiene a ser libre e independiente se extienda ardiendo inconteniblemente en las sabanas de América Latina.

Con la Doctrina Monroe, nacida en la década del 20 del siglo XIX, se reservaron para sí el control y dominio de su “patio trasero”, hasta que Fidel Castro en Cuba les dio un para’o, hasta que otro gigante, Hugo Chávez Frías, hizo lo mismo, hartado del saqueo centenario y del hambre injustificable en Venezuela, habiendo tanta riqueza para compartirla.

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