Patinando en el pantano.

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Decididamente fue infortunada la cumbre de la OTAN en el ¿festejo? por su 70 aniversario. Hubo un poco de todo y casi nada se algo. Trump quiso emplear el cónclave y la afluencia de prensa ávida, para hacer campaña electoral en lugar de sumergirse en las urgencias actuales del mundo, cuando si algo excede  lo conveniente son peligros.

La cita en Londres generó informaciones sobre las diferencias, la falta de acuerdos importantes y un episodio de bromas referidas al mandatario norteamericano, por parte de jefes de estado que suelen hacer cuanto Estados Unidos manda, pero no sienten gran simpatía por muchas de esas acciones y menos aún por quien las promueve. Ergo: Donald Trump.

El magnate se fue airado del Reino Unido, casi sin despedirse, y, a posteriori, hizo grandilocuentes afirmaciones (la economía de EE.UU. es la envidia del mundo, somos la nación con mayor poder militar, etc.). Y si bien parecen haberle recomendado no continuar alimentando el fuego, hay evidencia palmaria de su disgusto ante el desliz burlesco  de sus contertulios, justo en un momento muy particular, dados los avances del proceso facturado en su contra por los demócratas.

Según los registros, en dos siglos, los impeachment tuvieron escasa posibilidad de prosperar y cuando llegaron a término, no fue aplicada la pena. Se hace posible recibir perdón del senado, pero ese tipo de proceso y todo aquello que arrastra, está lastimando el inmenso ego de quien no puede racionar su jactancia ni poner control a sus mentiras ni a esas manías tendentes a dar por hecho situaciones en suspenso.

Como se acaba el plazo dado por Corea del Norte con respecto a las negociaciones iniciadas hace tres años, para eliminar las armas atómicas y darle vida a una era de entendimiento en los contrastes, como debería ocurrir, Pyongyang  anuncia que la desnuclearización de la península “ya no está en la mesa de negociaciones”.

Para las autoridades norcoreanas no basta con fotos de ocasión y palabras hueras. Mucho menos es aceptable la arrogancia de quienes son incapaces de ver lo mucho que se pierde con presiones y amenazas. En el encuentro de la OTAN, Trump amenazó con usar la fuerza militar contra la RPDC, pese a no existir motivos para semejante coacción y cuando hacerlo desmiente las proclamas anteriores referidas a concordia y cercanía de paz.

Con su modus operandi típico, Trump, se auto adjudica los méritos de  haber desactivado el conflicto con Corea del Norte y volvió a emprenderla contra su antecesor, al afirmar que “si hubieran escuchado a  Obama, habríamos estado en la Tercera Guerra Mundial en este momento”. Luego parece tener conciencia de la envergadura del asunto, pero, al mismo tiempo, actúa muy a la ligera. Bien, es posible que no sea capaz de proceder con otros códigos fuera de la bravuconería barriotera que tanto irrita a socios y contrarios.

“Lo que queda por hacer ahora depende de EE.UU. y será decisión de EE.UU. qué regalo de Navidad elegirá”, esa fue la respuesta de la RPDC a través del vicecanciller norcoreano, Ri Thae Son, luego de rechazar las destemplanzas del magnate inmobiliario. Coincidiendo, o como parte del acoso sobre el país asiático, se reportó el despliegue de dos nuevos aviones espía de EE.U.U.  empleados  en una serie de vuelos intimidantes.

En muestra de las inquietudes que suscita ese progreso de las amenazas,  el 7 de diciembre, el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, buscó cierto entendimiento con Donald Trump,  con quien conversó por teléfono, para impedir la muerte definitiva del coloquio entre Washington y Pyongyang. Es de suponer que en el sur, ninguno de los movimientos, desafíos desentonados y las ofensas cae bien. Están demasiado cerca. Cualquier confrontación con sus iguales norteños les implica y afecta.

El clima generado por Trump es severo y alta la necesidad de “(…) mantener el impulso del diálogo para lograr resultados inmediatos en las negociaciones de desnuclearización”. Así lo dejaron saber a la prensa autoridades surcoreanas cercanas a la presidencia.

Como añadido a la pervertida atmósfera, trascurrían los tratos entre Seúl y Washington,  referidos al coste de las tropas norteamericanas en esa área. No cae bien y tampoco se acepta mansamente, la demanda de que los surcoreanos paguen 5 000 millones de dólares por los gastos que ocasionan los ejercicios militares  de ambos aliados y el mantenimiento los 28 500 soldados norteamericanos desplegados en esa parte de la península.

Carece de fundamento quintuplicar el monto (870 millones de dólares) de la partida  dedicada por el estado a ese menester, que compromete, además, mano de obra surcoreana y el estipendio destinado a construir edificaciones e infraestructura para las bases norteamericanas. Aparte, compran sus armas en U.S.A.

La desproporción y absurdidad  de la exigencia norteamericana  deja fuera su interés geoestratégico por mantenerse predominando militarmente en la zona. La plaza surcoreana les conviene a ellos antes que a los dirigentes y población de ese asentamiento que les convierte en blanco probable de ataques, si se desata una confrontación, cuando no otra cosa se promueve.

El desatinado enfoque estadounidense está en línea con las exigencias a Europa, donde EE.UU. tiene innumerables locaciones militares y ubica lo mismo  misiles convencionales que estratégicos o, a semejanza también de Corea del Sur, tienen instalados artilugios  de espionaje capaces de curiosear  partes de China e incluso de Rusia. O sea, son intereses norteamericanos, no del sitio donde se emplazan.

Parecido, análogo o próximo, es la exigencia de aumentar el pago por algo innecesario para los hospederos. A la socios de la OTAN, les conminó, otra vez,  durante el rápido y  frustrante encuentro en Londres, a que sigan aumentando el presupuesto bélico de cada cual porque ahora están “robando” a Estados Unidos que devenga los mayores gastos.

Genera Trump sobradas incertidumbres, mientras desenfunda calificativos groseros. Dijo no estar apurado por asesinar el proceso de negociaciones con Corea del Norte, pero sostiene, en paralelo, su disposición al uso del “ejército más poderoso del mundo” en una aventura espeluznante.

Trump, reiteradamente,  genera perplejidad en distintos frentes de acción. Con respecto a Corea del Norte, lo mismo resalta los “buenos lazos” con Kim Jon-Un, que la temible alternativa de una agresión. Este 8 de diciembre Trump tuiteó que el líder norcoreano, Kim Jong-un, tiene mucho y hasta “todo” que perder, si da pasos “hostiles”. Como es habitual, el verdugo se coloca en condición de mártir.

Corea del Norte no va a ceder a la presión ejercida por EE.UU. y “no tiene nada que perder”, ripostó Kim Yong-chol, alto dirigente del Partido del Trabajo de Corea, subrayando que sería preferible si  Donald Trump se concentra en cómo evitar que los dos países se enfrenten, en vez de hacer amonestaciones altisonantes.

Con similar ambigüedad a la usada en este momento, se desarrollaron los tres encuentros (Singapur, Vietnam y la frontera intercoreana), pese a la tentativa trumpiana de darlos por super exitosos. En los hechos, es por la doblez del mandatario que no se llegó ya a un final venturoso. Así se interpreta  la inflexible exigencia norteamericana de que la contraparte ejecute una desnuclearización absoluta, sin garantías, a cambio  de un hipotético cese de sanciones y buenos vínculos.

El empeño de los estrategas estadounidenses es llevar las cosas hacia un desarme total de los norcoreanos, pues no toleran tampoco los desarrollos misilísticos de Pyongyang.

La RPDC emprendió acciones específicas, probatorias de su disposición a un arreglo, pero del otro lado no se hubo reciprocidad, solo apremios. Así consta al desactivar instalaciones operativas, entre otros actos significativos. No obstante, la cumbre efectuada en febrero en Vietnam, terminó sin resultados y los diálogos se paralizaron. Correa del Norte aspiraba a un levantamiento parcial de las sanciones a cambio de desmontar su planta nuclear Yongbyon. Washington no aceptó.

Hechos así dan pie a que la dirigencia norcoreana considere unilaterales los pretendidos de EE.UU. La inclusión de los posibles tratos en la campaña electoral norteamericana molesta a los norcoreanos, viendo cómo se manipulan las circunstancias, al darle carácter de excepcionalidad a los encuentros, para prfesentar el inconcluso proceso en favor del cuestionado presidente. De ahí la decisiones norcoreanas referidas a no regalarle más cumbres a Trump, quien mantiene sanciones brutales y agresividad permanente sobre aquellos a los que lejos de convencer, avasalla.

Todo puede cambiar con una dosis de buena voluntad y realismo. Ejercicio a los cuales es poco dado el principal inquilino de la Casa Blanca.

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