José Martí: El poeta de la unidad.

De izquierda a derecha Fermín Valdés Domínguez, Panchito Gómez Toro y José Martí.

 

 

 

 

Por M. H. Lagarde

De izquierda a derecha Fermín Valdés Domínguez, Panchito Gómez Toro y José Martí

Fragmento de la biografía de Panchito Gómez Toro, “Al pie de la leyenda”, escrita por M. H. Lagarde y publicada por la Editora Abril en 1996.

El viajero desmontó de su cabalgadura delante del edificio que le habían dado como referencia en Nueva York. La casa de comercio Jiménez y Cia, con sucursales en América del Norte y Europa, era uno de esos amplios y ordenados almacenes que apenas si se diferenciaban de los negocios de este tipo existentes en los países de mayor prosperidad económica.

Con el rostro oculto por el triángulo de sombra que se derramaba de su sombrero de yarey de veinte centavos, el viajero, un hombre de mediana estatura, vestido con saco, pantalones y zapatos de color negro, se encaminó hacia el mostrador de la tienda.

Clavado en su mesa humilde, identificó al niño, ágil y esbelto, fino en el traje y maneras que daban la impresión de ser el alma de la casa.

Confundiendo al recién llegado con un cliente más, el joven salió a su encuentro:

-Buenos días, ¿en qué puedo servirle señor?

-Buenos días, -dijo el hombre al tiempo que se quitaba el sombrero- ¿Es usted el señor Francisco Gómez Toro?

– Así es.

– Mi nombre es José Martí.

No hizo falta decir más. A pie, por las polvorientas calles de Montecristi, el joven guió al viajero hasta la casa que los Gómez Toro habían alquilado en esa ciudad. “Mi padre no está en casa. El anduvo treinta y seis leguas para traer a Clemencia y Santiago y salió para la Reforma que está a veinte; pero nos dijo que le pusiéramos un propio, que él vendría enseguida”, dijo el muchacho conmovido por la prominencia de su acompañante.

Para Panchito el viajero no era ningún desconocido. Enamorado de la libertad de su patria, el joven tampoco se mantuvo ajeno al influjo de talento de aquel hombre que, con su misma edad, dieciséis años, había soportado los horrores del presidio español.

Tan solo unas palabras bastaron para que el delegado descubriera que aquel muchacho, de genio y virtud en la mirada, era ya sobrio como hombre probado; centellante como luz presa, discreto como familiar del dolor.

Luego de andar varias cuadras, el viajero y Panchito se detuvieron frente a una modesta casa de madera.

Apenas traspasó el umbral, el viajero sintió el olor a patria y ese aroma agradable y penetrante reconfortó su difícil misión. ¿Lo verían como el mensajero que venía tal vez a hablar del modo de dejar pronto sin sostén a la mujer y sin padre a los hijos?

Pero no… el olor que le llenaba los pulmones tenía la pureza de la veracidad. Y allí estaba Manana, rodeada por sus hijos, saludando al desconocido como al hermano que no ve desde hace mucho. Y sintió otra vez la patria en el calor de las manos, en las miradas de bienvenida, en la conversación que aludía al padre, no como gloria, sino como padre, en la pasión por Cuba, en los recuerdos todos, en el cuento íntimo, en la alusión alegre a las penas de otros días, en la conformidad magnífica de aquel hogar que podía correr el riesgo otra vez de ser afligido por la orfandad y la viudez.

Y en el rostro de los varones, el viajero ve dibujada la disposición: Máximo escucha en silencio. Urbano, leal, anhela órdenes. ¡Ay, Cuba del alma! -dice Panchito con la mirada húmeda- ¿Y será verdad esta vez? ¡Y yo me tendré que quedar haciendo las veces de mi padre!

Después de tan efusivo encuentro se fija la entrevista con el General. “El General estará mañana aguardándole en La Reforma”.

Casi al anochecer del otro día, con los acostumbrados a ver lo bello en todas partes, llenos de casas construidas con palma real o de embarrado, techadas con palma de caña, que se ven a orillas del camino o más adentro del monte ocultas por el follaje de las guatapañá, los guayacanes, las baitoas o por un interminable bosque de cactus, llega el viajero al portillo cercado de trenza de La Reforma.

Se desmonta y con la bestia del cabestro -le parece que no tiene derecho a andar montado en tierra mayor-, se adentra por la vereda hasta la vivienda oscura.

Casi al mismo tiempo que la puerta, se abrieron los brazos del General. Otra vez, el Viejo abrazaba en su cuerpo, no solo al amigo de otros tiempos que acababa de llegar, sino a la demanda cariñosa de su pueblo infeliz. Apretado fuertemente por el Viejo lamentó la falta de testigos. ¿Quién le había dicho a la gente canija que no era posible el encuentro entre el heroismo y la libertad?

Alrededor de la mesa servida con plátano, lomo, café de hospedaje y un fondo de ron bueno de Beltrán, los dos hombres conversaron hasta bien entrada la noche.

-El Partido Revolucionario Cubano que continúa, con su mismo espíritu de creación y equidad, la República donde acreditó usted su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuanto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a usted, previa meditación y consejos suficientes, que repitiendo su sacrificio ayude a la Revolución como encargado supremo del ramo de la guerra…

– Para la parte del trabajo que me toca, para la parte de labor revolucionaria que me corresponde, desde ahora puede usted disponer de mis servicios…

Era el principio de una conversación que se extendió a los dos día que Martí pasó, como uno de la familia, entre los Gómez Toro.

No quiso el viajero marcharse sin antes dejar un recuerdo. Hurtó el albun de Clemencia y escribió: “Como el aire, se respira Patria: y todo el fuego y esperanza de ella, la aurora de libertad en la palidez del rostro y la raza del indómito valor en los ojos abiertos a la la luz de los combates, brillaban en la hija mayor, muy leal y elocuente de su naturaleza, que es ya, antes de entrar en la vida, tierna como compañera sufrida como madre. Francisco que ya se ve como el guardián en la soledad; Máximo, niño pensador que a los catorce años adivina el alma de los libros y le ve en ellos la sangre a quien los escribe. Urbano valiente de nueve años, que a la madrugada habla de aparecerse al estribo del viajero cargando al hombro las piadosas alforjas, todos oían, con ojos enamorados, los recuerdos del ayer, los sueños del mañana. Se hablaba de los amigos firmes del destierro, de la necesidad y justicia de tener al fin un rincón donde vivir, del cariño y cultura de la ciudad gallarda de Santiago, de Regina y María de Jesús, las dos hermanas prudentes y generosas que el bravo general ha llevado de su brazo por la vida. En casa como esa de amor doméstico y sacrificio natural, debieron vivir los poetas de las primeras epopeyas.

Tras la partida de nada volvió a ser igual en La Reforma, con su palabra precisa y el halago sincero que mostraba lo mejor de los otros, aquel hombre los había cautivado a todos.

En el caso particular del General no pudo más pensar con tino y reposo sobre sus negocios. Fue entonces cuando los vecinos de La Reforma empezaron a ver al Viejo de complexión recia, seco de carnes y enjuto rostro, montado en su veloz caballo, emprenderla a machetazos contra los hermosos cactus linieros.

Cuando alguien le preguntaba qué hacia, se limitaba a decir: “Aquí haciendo ejercicios”.

Tomado de CubaSí

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