Trabajar entre asesinos.

Pasadas las 6:00 de la tarde del 11 de septiembre de 1980, el entonces jefe de la corresponsalía de la UPI ante las Naciones Unidas hizo una visita poco frecuente a la pequeña oficina que ocupaba Prensa Latina en el cuarto piso del edificio de la Secretaría de la organización.

Quería confirmar si un diplomático cubano había sido asesinado en las calles de Nueva York.

Nos preparábamos para subir a una recepción que ofrecía la representación de Etiopía en el mismo edificio, pero quedamos todos paralizados. En un ambiente de constante hostilidad al que estaba sometida la representación cubana ante la ONU, el hecho no era improbable, pero todos queríamos creer que era imposible.

Llamamos de inmediato al funcionario que estaba de guardia en la Misión de Cuba. Aún no conocía la información. El periodista de la UPI había ido a su oficina para tratar de precisar los hechos, conocidos, según había dicho, a través del monitoreo de rutina que hacía su agencia de las comunicaciones policiales. Volvió casi de inmediato para decirnos que el apellido de la víctima era García.

De nuevo nos comunicamos con la embajada para agregar el dato. Tres miembros de la representación diplomática se apellidaban García. La telefonía celular en esos años era aún ciencia ficción, así que tomó unos minutos localizar a los Garcías. Cuando volvimos a conversar, el compañero de guardia nos informó que había podido hablar con dos de ellos, pero no le había sido posible contactar a Félix García Rodríguez.

Fuimos a buscar al embajador de Cuba, Raúl Roa Kourí, quien estaba en la recepción etíope. Lo encontramos intercambiando con el embajador de aquel país, en compañía de otros funcionarios de la representación cubana. Nos paramos discretamente cerca, esperando la oportunidad de interrumpir. Al parecer, teníamos en el rostro reflejada la angustia propia del momento, porque uno de los compañeros cubanos se nos acercó inmediatamente para preguntarnos qué pasaba.

Le dijimos y rápidamente se acercó al embajador y le comunicó lo sucedido. Roa vino hacia nosotros. Le explicamos. Salimos todos en busca de un teléfono para llamar a la embajada. Ya la noticia había sido confirmada por las autoridades norteamericanas.

Félix, o ‘Pechuga’, como cariñosamente le decíamos todos, había sido asesinado en la calle principal de la barriada de Queens, en un acto terrorista perpetrado por una organización contrarrevolucionaria conocida como Omega 7.

Félix era el alma de la pequeña escuela que funcionaba en la misión. Casi a diario esperaba a los niños a la salida de las clases, muchas veces con caramelos para darles. Los llevaba de paseo durante los recesos escolares, o los repartía por sus casas. Era un tío para ellos, así que fue difícil darles la noticia a los niños. Aún más complejo fue lo que hubo que hacer para evitar que vieran las mórbidas fotografías del cuerpo de Félix, ensangrentado dentro del auto que conducía.

Los días que siguieron fueron extremadamente tensos para todos. Despertamos ante la realidad, que hasta entonces nos parecía remota, de que nuestras vidas estaban en real peligro. No estábamos cumpliendo una misión sencilla en un país tranquilo. Trabajar entre asesinos.

Tiempo después se supo que la tarde en que asesinaron a Félix, habían estado siguiendo a otros tres funcionarios con iguales intenciones, pero no les fue posible completar los atentados.

La segunda mitad de la década de los 70 fue pródiga en acciones terroristas contra la representación de Cuba ante las Naciones Unidas por grupos contrarrevolucionarios, especialmente por Omega 7.

En una lista buscada en Internet para ayudar a la memoria figuran seis ataques con explosivos perpetrados desde el 6 de junio del año 1976 al 7 de diciembre de 1979 contra la misión de Cuba ante las Naciones Unidas.

La elegante puerta de barras de bronce del 6 East 67th St. tuvo que ser cambiada por una de planchas de acero, para que soportara lo que se había convertido en rutina. Solamente por casualidad no hubo que lamentar bajas.

El listado no parece estar completo, pues recuerdo al menos otro ataque contra la sede actual de la misión, en la Avenida Lexington con la calle 38, el cual dejó un boquete en el costado del edificio tan amplio como la puerta de entrada para autos que estaba al lado. Ese no aparece en la relación.

Entre los 42 hechos terroristas perpetrados por Omega 7, según esa fuente, figura un intento de atentado contra el embajador Roa, frustrado cuando el explosivo, que había sido fijado al fondo del auto oficial mediante imanes, cayó al piso por lo pesado que era.

En la relación se recoge el atentado dinamitero contra la Sección de Intereses de Cuba en Washington (SICW) y un intento de atentado contra el entonces jefe de la SICW, Ramón Sánchez Parodi.

La impunidad con la que habían perpetrado los ataques con explosivos y el asesinato, envalentonó a los sicarios, quienes tomaron por costumbre el acoso de cuanto compañero salía solo de la misión en auto en horas de la noche. Durante meses, los más simples traslados se convirtieron en una operación delicada. El cuidado de las familias, una constante preocupación.

No hacían distinción entre diplomáticos o periodistas, así que los dos corresponsales que a la sazón trabajábamos en Prensa Latina tuvimos que tomar medidas para protegernos y cuidar nuestras familias.

Años después, mi hija mayor me contaba que estando de visita con su escuela en Cuba en el desaparecido Museo de la Marcha Combatiente, alcanzó a ver, por primera vez en su vida, las fotos que todo un colectivo impidió que viera en aquellos días de 1980. Me dijo que al verlas, se quedó paralizada y comenzó a llorar.

(Tomado de Cubadebate con informaciòn de Prensa Latina)

 

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