Más balas criminales contra José Martí

Más balas criminales contra José Martí

Solo falsificando a Martí pueden los enemigos de la Revolución cubana buscar en él brasas para cocinar una sardina enferma de la peor intoxicación.

Al publicar, hace poco más de dos años, “Balas ominosas contra José Martí”, acerca de una abyección cinematográfica vertida como bilis cerduna sobre el héroe, no preveía que pronto volverían a lanzarse contra él proyectiles no solo metafóricos, sino también físicos, como los que truncaron su vida el 19 de mayo de 1895, pero no impidieron que su legado continúe más vivo cada día. En el reciente ataque de que fue objeto la Embajada de Cuba en Washington, un disparo impactó la estatua que le rinde tributo a Martí como símbolo esencial de su patria, y —más allá de lo alegórico— se corroboró que los actos con que se quiere asesinar a esta nación van contra el héroe que le ilumina el camino, y están condenados al fracaso.

El presente artículo concierne principalmente a falsificaciones del pensamiento de Martí hechas a base de citas falsas. Uno de los más frecuentes recursos usados con ese fin ha consistido en descontextualizar e interpretar tendenciosamente su valoración del británico Herbert Spencer. Tal procedimiento lo han refutado varios autores, entre ellos este articulista, quien lo trató en el breve ensayo “Luces de José Martí para el socialismo”, aparecido originalmente, como “Balas ominosas…”, en Cubarte.

Otros artículos, más recientes, los ha centrado en citas que de modo fraudulento se le atribuyen al héroe: “¿Cómo citar a José Martí?” y “Falsificaciones en torno a José Martí”, publicados en La Jiribilla y, al igual que los anteriores, localizables en las redes. Las falsas atribuciones a Martí, y los tratamientos espurios de sus textos, han sido básicamente obra de la desvergüenza de quienes los han cometido. Pero pueden hallar aliados en la desprevención y el desconocimiento.

Aunque no se abunda ahora en ejemplos de tergiversación ya vistos en aquellos textos, vale reiterar que para ella se ha buscado asidero frecuentemente en manejos tendenciosos de su apreciación de Spencer, en quien neoliberales y anticomunistas hallan pábulo. Eso se ha visto en estos días de encono anticubano en las redes, cuando se han tensado hasta lo nauseabundo los ataques contra la Revolución cubana por personeros y servidores del imperialismo.

Obsecuentes voceros del mandamás estadounidense —que quieren mostrarse más imperialistas que el amo— no solo se oponen al socialismo, lo que podría ser una opción para el debate. Apoyan al gobierno que trata de asfixiar a Cuba, y encarnan de ese modo la actitud apátrida que tanto repudió Martí a lo largo de su vida, al tiempo que subrayan el papel que el proyecto socialista tiene como garantía de la vida de Cuba como nación.

El mencionado repudio fue factual e ideológicamente orgánico en quien, siendo niño, juró lavar con su vida el crimen de la esclavitud en un sentido profundo, liberador y crecientemente polisémico. Por ello pagó presidio político en plena adolescencia, y murió en combate cuando contaba 42 años.

Los apátridas de hoy retoman falsas citas del héroe que se han venido utilizando, y fabrican otras. A menudo lectores familiarizados con la escritura de Martí, con su estilo y su espíritu, y con los caminos de su tarea política y su entorno, podrán ponerlas en duda o apreciar que son apócrifas o han sido descontextualizadas. Una de ellas ha reaparecido en estos días, impresa sobre una imagen en que se ve a Martí con pose declamatoria, como portador de una rabia que es propia de los enemigos de Cuba y su Revolución, y —como es usual en tales casos— sin la menor pista que señale la fuente.

Se reitera así la actitud de los más encarnizados adversarios del socialismo, que no rehúyen reafirmarse como ignorantes —ni se descarta que lo sean— con tal de dar riendas sueltas a su odio contra el digno patriotismo y los ideales socialistas. La antes aludida cita de Martí se halla en “Un voyage à Venezuela”, texto estimado como de agosto de 1881, fecha de su regreso de aquel país a Nueva York.

Escrito en francés, lengua que Martí usó en textos que se traducirían al inglés para publicarse en los Estados Unidos —lo que no se sabe que haya ocurrido con ese en particular, que no está terminado—, recoge observaciones acerca de la realidad latinoamericana. Se lee en las páginas 137-168 del tomo 19 de sus Obras completas publicadas entre 1963 y 1966, varias veces reimpresas, y de la página 117 a la 153 del tomo 13 de Obras completas. Edición crítica, proyecto en marcha. En ambas al original en francés le sigue la traducción al español, obra de los editores: “Un viaje a Venezuela”, que por razones prácticas será el texto aquí citado.

En la realidad de las tierras sudamericanas concentra Martí ese artículo o crónica de viaje, con observaciones que alimentarían su creciente conocimiento de nuestra América. Y ese conocimiento —para el que su estancia en Venezuela entre enero y julio de 1881 fue una escala de temprana maduración, simbólica y objetivamente vinculada con la cuna de Simón Bolívar— cimentó su visión de estas tierras, y algo que sus citadores fraudulentos evaden como el diablo a la cruz: le permitió calar en las diferencias de origen, historia, cultura, necesidades y destino de estos pueblos con respecto a los Estados Unidos, y en el peligro que la voracidad de esa nación representaba para ellos.

Su visión del tema la ratificó y la profundizó a lo largo de su existencia, y de modo testamentario la sintetizó el día antes de su muerte, cuando en su carta póstuma a Manuel Mercado —en la que afirmó, y parece necesario refrescárselo a algunos: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”— fue rotundo al plantear lo que entendía como su deber: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Pero sería iluso aspirar a que los lacayos de la agresiva potencia reconocieran esa dimensión del legado del Apóstol que ellos putativa y factualmente profanan.

En lo relativo a la cita aludida de “Un viaje a Venezuela”, lo de menos son algunos detalles que pudieran considerarse frutos de una traducción determinada o imprecisiones de la copia. Lo grave es la descontextualización con que se le altera el sentido. Martí escribió: “Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, nada tienen que curar en la selva del Amazonas, donde aún se adoran divinidades salvajes”, y los falsificadores lo truncan de una manera que le castra la idea: “Las soluciones socialistas, salidas de los males europeos, no tienen nada que curar en las selvas del Amazonas”. Y punto.

Eso equivale a tomar un texto que diga: “La penicilina no sirve para nada que no sea combatir los elementos patógenos contra los cuales puede actuar”, y reducirlo a esta poda: “La penicilina no sirve para nada”. Cabría detenerse en los motivos que tendría Martí para las valoraciones que en aquella cita expresa con respecto a las tierras que ve representadas en “la selva del Amazonas”, y a las creencias de esos pueblos. Son juicios que, para entenderlos de veras, han de ubicarse en el contexto del manuscrito citado, y en el conjunto de la obra del autor. Pero nada detiene los embustes de citadores aviesos, para quienes no hay razones que valgan si se oponen a sus propósitos.

Mucho mayor peso tendría reclamarles que, además de no mutilar el texto como han hecho, tengan en cuenta la evolución del pensamiento de Martí. No se trata de presentarlo como el ideólogo socialista que no fue ni tenía por qué ser en cumplimiento de su tarea de organizar un frente de liberación nacional y la guerra necesaria para alcanzar ese fin. Tampoco hay fundamento que avale calificarlo como el ideólogo antisocialista que no fue.

Leída recta y honradamente, su valoración de Spencer, escrita en 1884, no da argumentos para ello, lo que no impide a los falsificadores fabricarlos. Menos aún los da si se lee en diálogo con la carta que diez años después le escribió a su amigo y compañero de ideas y metas Fermín Valdés Domínguez, a quien entonces le expresa criterios que enemigos del socialismo han descontextualizado para usarlos contra “la idea socialista”. Eluden, por ejemplo, que entre las motivaciones de la carta se halla el interés de Martí por la celebración ese año, en La Habana, de una efeméride especialmente significativa para el tema: “Muy bueno, pues, lo del 1° de Mayo.—Y aguardo tu relato, ansioso”.

Martí señala: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras” —precisión relevante esta última, y que algunos citadores suprimen—, refiriéndose a “las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas” y a “la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”. Pero frente a esos peligros, que pueden acosar a los ideales socialistas en cualquier parte, y también a otros proyectos, Martí aporta señales de profundas implicaciones que los manipuladores escamotean.

Es un deber insoslayable tener en cuenta lo que, en términos concluyentes, le dice a un amigo cercano en quien se han visto proclividades socialistas por su identificación con los pobres de la tierra, con quienes él, Martí, echaba su suerte. Que tales proclividades fueran de signo utópico no les resta valor, dada la significación de la utopía para la decencia en general, y, en particular, por el peso del socialismo utópico en el desarrollo de las posiciones más radicalmente justicieras.

No hay que entrar en mucha abstracción para apreciar el rumbo de las conclusiones plasmadas por Martí en la carta glosada. La escribió un año antes de su caída en combate contra el colonialismo español y el imperialismo estadounidense y, por tanto, contra los autonomistas y anexionistas que, ancestros de los actuales apátridas, buscaban recibir beneficios de la emergente potencia imperialista “en premio de su oficio de celestinos”, como se lee en otra carta suya citada, que en la víspera de su muerte dirigió a Manuel Mercado.

A Fermín, su amigo desde la niñez, le dice en 1894 al calor de lo expresado en torno a peligros de la idea socialista mal asumida, y a la legitimidad de la lucha por la justicia social: “Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquel, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo”. Y no se queda ahí, sino que añade: “Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana”.

No guía al presente texto la ingenuidad o torpeza de pretender dialogar con quienes están incapacitados para el diálogo y el razonamiento, y solo entienden de insultos. Se escribe para personas decentes, conocedoras o no conocedoras de Martí, simpatizantes o no simpatizantes de la Revolución cubana, afines al socialismo o adversarios de este, pero que, dada su decencia, no deben aceptar como de Martí ningún texto que no sea probadamente suyo. Esas personas merecen que se les apoye en la búsqueda de la claridad necesaria para no ser arrastradas a engaños de ninguna clase.

Solo falsificando a Martí pueden los enemigos de la Revolución cubana buscar en él brasas para cocinar una sardina enferma de la peor intoxicación: el odio mezclado con una inmoralidad que acude incluso a fabricar citas y tergiversar textos reales. También en eso están condenados al fracaso. José Martí no cabe en actos ni verbalizaciones carentes de ética ni en el servicio lacayuno al imperialismo que intenta apoderarse de Cuba, y de toda nuestra América. Impedir que eso ocurriera estaba en la médula del proyecto revolucionario que Martí abrazaba al caer en combate, y su ejemplo sigue y seguirá siendo guiador para la inmensa mayoría de su pueblo.

Fuente

Tomado de Cuba por Siempre.

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