Venezuela: La defensa del sueño bolivariano.

Por Miguel Fernández Martínez

En mi lista de intereses periodísticos, esa que nos hacemos en la mente y donde marcamos ciudades y países que no queremos dejar de visitar, Venezuela era una de las plazas pendientes que tenía por cubrir, lugar donde se estaba viviendo un proceso político convulso y donde, de alguna manera, se está jugando el destino de América Latina.

Arrancaba el año 2017, todavía me sacudía de la memoria las imágenes de una guerra de rapiña cruel y despiadada contra el pueblo de Siria, país en el que me tocó la fortuna de trabajar como Corresponsal de Prensa Latina en 2015, quizás el año más peligroso de ese conflicto bélico que ya acumula más de una década.

Arribar a Caracas en enero de ese año, era como una suerte de cambiar los aires, o por lo menos así lo imaginaba. Dejar atrás los sonidos de la guerra y llegar a un país que se empeñaba en construir un nuevo futuro, pero -cuidado- que enfrentaba al mismo enemigo (Estados Unidos) que dos años atrás vi alentar destrucción y muerte en el Medio Oriente.

Pero bastó poco tiempo para darme cuenta que, a pesar de los 10 mil 550 kilómetros de distancia entre Caracas y Damasco, ciudades ubicadas geográficamente en lados opuestos del planeta, funcionaban las mismas estrategias desestabilizadoras utilizadas por Washington y sus aliados, para intentar derrocar Gobiernos que no les resultaban afines.

Ataques a la economía, crisis de abastecimientos, bloqueos económicos y financieros, y sanciones unilaterales era la realidad que enfrentaba -y todavía enfrenta- la sociedad venezolana, como parte de una campaña que busca un único propósito: derrocar al Gobierno que encabeza el presidente Nicolás Maduro.

La constante devaluación de la moneda, el alza desmedida de los precios, los permanentes intentos de una buena parte del sector privado por torpedear las medidas gubernamentales que buscan estabilizar la situación, fue el escenario que encontré en Caracas a mi llegada en enero de 2017.

La tensión en las calles era evidente, el descontento ganaba terreno, las filas para comprar pan y otros artículos de primera necesidad crecían, y el dinero en manos de los venezolanos cada día tenía menos valor. Esa era la idea y el propósito de los que desde las sombras, apuntaban a la tragedia.

Apenas a tres meses de llegar -en abril- explotaron las manifestaciones opositoras, las que más allá de establecer justos reclamos, alentaron a una violencia desmedida que trajo como resultado muertes inútiles, desolación y tristeza.

Había echado andar una guerra mediática de última generación contra Venezuela, y las principales armas eran la injuria, la difamación, el vilipendio, la calumnia y la difusión de rumores y noticias falsas, dirigidas a crear el terror e incertidumbre en la sociedad venezolana.

Washington estaba empleando como peones a la derecha política del país, incapaz de convencer al pueblo en las urnas, y que apostó a ganar las calles desde la violencia y el terror.

Como reportero, fueron difíciles momentos de narrar cómo personas eran quemadas vivas en plena calle solo por ser afines al chavismo, o ser testigo de cómo lanzaban desde pisos altos botellas de agua congelada contra los simpatizantes del Gobierno.

Era un odio de clases, reflejado en rostros ocultos que negaban el derecho de elegir a sus contrarios.

Pero si algo me resultó llamativo, fue el espíritu de resistencia de las mayorías, que supieron defender, esquina por esquina, cada rincón de sus barrios, de sus poblados, y de sus terruños. Venezuela era el objetivo y no estaban dispuestos a entregarla.

Ahora, tres años después, con matices diferentes, la tensión continúa, las presiones de Estados Unidos se arrecian, la ultraderecha sigue doblando la cerviz ante sus pagadores, y la mayoría de los venezolanos, ‘arrechos’ como siempre, siguen defendiendo el sueño tricolor de unidad bolivariana.

Tomado de Solidaridad Latinoamericana con informaciòn de Prensa Latina.

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