Diálogos, protagonismos y frustradas escaramuzas en La Habana.

Por Benigno Martínez

La última semana de noviembre rompió la habitual tranquilidad de La Habana, una ciudad que todavía se esfuerza por sacudirse de encima los efectos de la pandemia provocada por la enfermedad COVID-19, cuando un grupo de opositores al gobierno cubano decidió iniciar una supuesta huelga de hambre para exigir la liberación de uno de sus miembros.

Varios integrantes del Movimiento San Isidro (MSI), una agrupación disidente que no es reconocida por las autoridades de la isla, se “acuarteló” en una casa en la Habana Vieja, para iniciar un ayuno a favor de la libertad de Denis Solís, un rapero que resultó sancionado a ocho meses de cárcel por agredir de palabras a un capitán de la policía, según consta en un video divulgado en redes sociales por el propio Solís.

La acción del MSI consiguió inmediato apoyo de grupos y organizaciones de cubanos emigrados residentes en Estados Unidos, y fue tema de denuncia por parte de importantes funcionarios de la administración que encabeza el presidente Donald Trump, entre ellos el secretario de Estado, Mike Pompeo, y del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro.

Este “apoyo” desde los sectores más intransigentes contra la Revolución cubana en EEUU, disparó las alarmas en muchos que, dentro de la isla, argumentaron que todo era parte de un show mediático orquestado desde el exterior y de una estrategia de “golpe blando”, como las experimentadas en otras naciones latinoamericanas como Venezuela, Nicaragua y Bolivia.

El 26 de noviembre, autoridades sanitarias y la policía irrumpieron en la sede de los huelguistas, con el argumento que una de las personas presentes en el lugar –un periodista cubano residente en México- había violado las regulaciones previstas para enfrentar el COVID-19 para viajeros recién llegados del exterior.

Un día después, poco más de un centenar de jóvenes artistas se congregaron frente a la sede del Ministerio de Cultura en La Habana, exigiendo abrir un diálogo con las autoridades que, entre otros temas, reclamaban se pusiera fin a la crisis generada con el MSI.

Una treintena de jóvenes, elegidos democráticamente entre los manifestantes, fueron recibidos esa noche por el viceministro de Cultura, Fernando Rojas, y quedó abierta la opción de un diálogo entre artistas y la institución.

¿Diálogo, Protagonismo o Cambio de Agendas?

Las esperanzas de dialogar duraron poco. Todavía no habían llegado a sus casas los participantes en la charla con los funcionarios gubernamentales cuando comenzaron a aparecer en las redes sociales denuncias de “traición” y “arribismo”, hechas por personas cercanas al Movimiento San Isidro, que descalificaban a los artistas participantes en la protesta, y reclamaban para sí el protagonismo de las supuestas conversaciones.

También cambiaron las agendas pactadas con el gobierno y se intentó imponer una lista de participantes en un encuentro que tendría lugar con el ministro cubano de Cultura, Alpidio Alonso, a pesar de que se había acordado previamente colegiar entre ambas partes los temas a discusión y los asistentes al diálogo.

Como consecuencia de esta posición de fuerza, las autoridades culturales decidieron romper el diálogo, y aseguraron enfáticamente que no se negociará absolutamente nada con los que tengan vínculos o son financiados desde Estados Unidos.

Coincidentemente –según fuentes oficiales-, fueron detectadas y abortadas varias acciones delictivas calificadas como sabotajes –intentos de incendiar gasolineras, apedreamiento de vidrieras en tiendas, planes de agresiones personales contra funcionarios del Estado-, cuyos responsables han confesado públicamente, después de ser arrestados, que fueron pagados por grupos cubanos asentados en el sur de EEUU y que hacen constantes llamados a la sublevación contra el gobierno en la isla.

El gobierno cubano insiste en que estas maniobras forman parte de los planes desestabilizadores emprendidos por Washington, que tiene como propósito principal derrocar a la Revolución en Cuba, tal como prometió Trump durante un reciente acto de campaña política ante sus seguidores cubanoamericanos en la Florida.

Del diálogo con el grupo original de participantes en la protesta pacífica frente al Ministerio de Cultura no quedó nada, sólo la división entre sus integrantes, la puja de otros por ganar protagonismo y visibilidad ante el poco o ningún acompañamiento popular, el atrincheramiento ideológico de los contendientes y una evidencia más de cuánto afecta la injerencia de terceros en los asuntos internos de Cuba.

Tomado de Aucalatinoamericana.

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