Chávez y el Partido de sus sueños.

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Por: Germàn Sànchez Otero

¿En qué momento y por qué Chávez decide crear el partido unido de la Revolución?

Al culminar su octavo año en 2006, la Revolución Bolivariana ha logrado importantes avances que se expresan de manera notoria en el dominio de los poderes del Estado: El 80 % de los gobernadores y el 75% de los alcaldes son miembros de la alianza; la Asamblea Nacional está integrada solo por diputados del Polo Patriótico y en los otros tres poderes (Judicial, Electoral y Ciudadano), predominan figuras que defienden el proceso bolivariano.

Se ha consolidado la unión cívico–militar, el pueblo ha avanzado mucho en conciencia y organización –a nivel de las bases–, la economía y las misiones sociales van en ascenso, y el entorno latinoamericano y caribeño tiende a ser más favorable para las acciones unitarias y de cooperación que promueve Chávez.

Los gobiernos de Brasil (Lula), Argentina (Kirchner), Bolivia (Evo), Uruguay (Tabaré) y varios del Caribe, más los triunfos a finales de 2006 de Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua, constituyen una heterogénea fuerza progresista que junto a los gobiernos socialistas de Cuba y Venezuela no tiene precedente en la región.

Tales realidades, no exentas de puntos débiles –entre ellos, la subestimación del poder imperialista para revertir este escenario–, van a marcar las relaciones entre los Estados Unidos y nuestra América. Washington refuerza su poderío e instrumentos subversivos en toda la región, y busca sacar provecho de los desatinos y zonas vulnerables de los adversarios. En Venezuela, que no es una excepción, esto se manifiesta por ejemplo en el acomodamiento y la corrupción de no pocos dirigentes del Polo Patriótico, luego de asumir cargos en el Estado; en el déficit de los nexos con el pueblo; en la sobrevivencia de componentes tóxicos del Estado heredado de la Cuarta República; y en las debilidades de varios partidos del proceso, que suelen actuar sobre todo durante las lidias electorales, y algunos son parte de la alianza bolivariana para obtener cuotas de poder, pues en rigor no comparten el ideario de Chávez.

Los años 2005 y 2006 son, no obstante, espléndidos para la Revolución. Consciente de tal escenario contradictorio, su líder decide acelerar las líneas estratégicas del proyecto. Quiere alcanzar un punto de no retorno en la transición hacia el socialismo del siglo xxi, que según su interpretación al menos el 50 % del pueblo ha avalado en los comicios presidenciales del 3 de diciembre de 2006, donde resultara reelecto con el 63 % de los votos. Sabe que se trata de un proceso inédito, largo y peliagudo, y aunque no puede imaginar todos los ignotos derroteros mira al horizonte.

Vísperas del noveno año de la revolución, los vientos soplan a favor y él cree que es tiempo de navegar con las velas desplegadas. Se siente física y mentalmente en óptimas condiciones, ha cumplido 52 años y considera que posee la experiencia y el rumbo claro para avanzar hacia metas más complejas. Cuando despierta el 1 de enero de 2007, siente la plenitud de la vida. Junto a los íntimos placeres de las fiestas navideñas, ha dedicado innúmeras horas a forjar criterios y esbozos de planes, orientados a ahondar el curso de la Revolución en el año que recién comienza.

Quienes están cerca de él en esos días decembrinos, lo ven a menudo atareado entre libros y papeles en un frenético trance, sentado en la mesa de trabajo de la churuata, especie de acogedora sucursal del llano en Miraflores. Muchos de los edecanes y otras personas cercanas, no entienden el porqué de tal carrera contra el tiempo y su juvenil entusiasmo. Sus ojos irradian luz, pese a no dormir más de cinco horas diarias. Suele estar de buen humor y a ratos juega chapitas y bolas criollas con allegados, en la pequeña cancha existente en un espacio abierto aledaño a su área privada. También ahí, o en la Casona, disfruta a los hijos y nietos, y en esos días el manantial de ternura se le desborda al rozar la piel de su última creación: una deliciosa ardillita de apenas un año, Génesis, que muestra en el pelo ensortijado, en la piel cobriza y en su incipiente carisma, la huella genética del padre.

A veces en la madrugada, abre el Balcón del Pueblo y avizora sobre una loma de mediana altura el edificio del antiguo Museo Militar, de ecléctica arquitectura y tamaño monumental, desde donde dirigiera la rebelión del 4 de febrero, quince años atrás, y ahora él llama El Cuartel de la Montaña, en alusión al poema de Neruda sobre Bolívar. Absorto en sus recuerdos escucha la controversia sonora de sus dos gallos finos peleadores, imagina el devenir futuro de la patria y el mundo, y delibera consigo mismo sobre cómo actuar en la dirección acertada.

Lee, cavila, escribe, a veces adelanta algunas de sus iniciativas a personas cercanas –sobre todo por teléfono–, y oye opiniones. Macera de tal modo un vigoroso cuerpo de ideas y las principales acciones que se propone acometer en 2007, luego de sonar las campanadas del nuevo año. Y hasta en la ducha cada mañana, bajo las hebras del agua fresca, suele debatir consigo mismo sus lucubraciones, entretanto entona durante el baño llaneras del alma.

Como siempre hace, elabora coherentes nociones desde una mirada sistémica e histórica. Es esta una cualidad suya que muchas personas no perciben, debido a su original estilo espontáneo y versátil, a veces impetuoso. En verdad él nunca “toca” sin partitura. Necesita antes definir cuáles son los objetivos de cada empeño, cómo pueden estos alcanzarse y con qué instrumentos de poder se van a lograr. Para ello se eleva en una especie de alfombra mágica y desde esa altura casi siempre ve más lejos.

Mira hacia atrás: en 2006 ha culminado una fase de transición, cuyo inicio visualiza en 1999. La “nueva era” comienza en 2007 y la nombra Proyecto Nacional Simón Bolívar 2007–2021. Incluye siete grandes líneas, en las dimensiones política, social, ética, económica, militar, territorial, e internacional. Su objetivo mayor es radicalizar con más celeridad la Revolución, en la vía venezolana hacia el socialismo. Y para ello se propone elaborar y someter a la decisión del pueblo, una reforma de la Constitución que facilite ese derrotero.

Es en esas circunstancias, que considera el momento propicio para organizar el Partido de la revolución. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Cómo concibe ese ente que él llama “el Partido de mis sueños”?

Hacia el partido de la Revolución

Después de postergar durante varios años la forja de un solo partido que conduzca la Revolución, por fin resuelve hacerlo durante 2007. Ha llegado a la conclusión de que ese nuevo órgano político es indispensable para conducir los radicales cambios que marcarán el futuro de Venezuela. Tal idea le fue sugerida en el pasado por algunos dirigentes venezolanos, como Alí Rodríguez Araque, fogueados en organizaciones de izquierda y de elevada cultura política. Pero razones diversas, sobre todo asociadas a evitar peligrosas divisiones en el seno de la alianza que lo apoya, hicieron que dilatara la respuesta.

No olvida que durante la visita que realizara Fidel Castro a Venezuela en octubre de 2000, dos altos dirigentes, uno de ellos Alí, le pidieron que solicitara al líder cubano una reunión sobre el tema y esta se hace en la residencia presidencial, “La Casona”. Al cabo de concluir el cruce de ideas, dos horas y media después, es obvio para Chávez y su invitado –quien se conduce con sumo tacto y sobre todo escucha– que no es el momento idóneo para intentar la unificación de fuerzas tan disímiles. El proceso bolivariano debía madurar más y decantar calidades. Un ejemplo: en esa reunión está presente Luis Miquilena (segundo al mando del MVR), quien catorce meses después traiciona a la Revolución al frente de algunos diputados y otros seguidores.

Chávez presume que aunque el proceso bolivariano ha avanzado mucho a la altura de 2006, será complejo fundar el partido único y lograr que los integrantes de la alianza que forman el Polo Patriótico se auto disuelvan. En los primeros años de la revolución, él opta por fomentar el quehacer y la organización del pueblo en las bases y mantener nexos directos suyos con este, idea que moldea en 2001 al crear los Círculos Bolivarianos. Sin ataduras burocráticas a ningún partido, ni esperar orientaciones –que nunca llegan–, ellos se movilizan por su cuenta para salvar a Chávez y a la Revolución, y desempeñan un papel decisivo en la victoria popular y militar contra el golpe fascista del 11 de abril. Pero después de 2002, por razones disímiles, tienden a languidecer.

Los objetivos y faenas subyacentes en los “cinco motores” que ha definido para radicalizar la revolución en 2007, la maduración del proceso bolivariano y lo peligros externos e internos que lo acechan –incluidas sus debilidades–, lo inclinan a pensar que ahora sí es indispensable crear esa fuerza dirigente estratégica.

¿En qué nociones sustenta su propuesta? Le han llegado criterios sobre el tipo de partido a organizar: Unos piensan que los miembros de la alianza deben mantener su identidad y proponen organizar un frente amplio (al estilo uruguayo); otros sostienen que debe ser un organismo político de masas, de adhesión voluntaria, y hay quienes defienden la idea de estructurar un partido de vanguardia, de militancia selecta y con altos niveles de exigencia y disciplina.

Él escucha y lee las disímiles opiniones de sus compañeros, estudia textos sobre el tema –por ejemplo, de Gramsci, Lenin, Fidel y Marta Harnecker– y analiza experiencias de países socialistas, en particular de Cuba. Y como en otros grandes temas y dilemas, vuelve a aplicar la máxima de Robinson: “O inventamos o erramos”. Opta por proponer cortar y coser un traje a ese partido, a la medida de la Revolución Bolivariana y entre todos sus posibles miembros.

 

Aprovecha un acto que se realiza en el Teatro Teresa Carreño el 15 de diciembre de 2006 con los partidos integrantes del Polo Patriótico –cuyo fin es reconocer el trabajo electoral de la alianza que apoyó su candidatura–. Adelanta ahí varias ideas sobre la nueva fuerza partidista que tiene en mente. Decide hablarle sin tapujos al pueblo, que le ha dado un triunfo resonante en los recientes comicios presidenciales y marcar sus diferencias respecto de las cúpulas de ciertos partidos del Polo Patriótico. Estas no quieren someterse a la elección desde abajo y temen perder las que consideran sus “cuotas de poder”.

Al expresar las directrices, Chávez activa la dinámica para formar el partido unido. Pone a volar así un globo de ensayo, destinado a medir reacciones. Establece un primer concepto: las ideas y faenas para avanzar rumbo al socialismo venezolano, la reforma de la Constitución y la creación de un partido unido, son tres grandes temas que forman un todo en la nueva ofensiva revolucionaria.

Confiesa no poseer una cartilla para construir el socialismo, e insiste en que este debe crearse desde las gentes, edificarse cada día y ser “un socialismo endógeno, nuestro modelo socialista”. Alerta que ello no depende sólo de las realidades nacionales, también de las circunstancias internacionales: “Pero aquí hemos comenzado, vamos hacia el socialismo, ese es el camino de la salvación de la especie humana” –proclama.

Enseguida aborda el tema del partido unido. Sabe que debe enfrentar a algunos dirigentes de la alianza y critica ciertas opiniones de ellos, pero no los identifica. Piensa que el proceso mismo hará que se definan. Descarta, en primer lugar, cualquier variante de frente amplio. Dice sin rodeos: “Partido unido es lo que requiere la Revolución, un partido, no una sopa de letras con lo cual estaríamos cayéndonos a mentiras, y estaríamos engañando al pueblo”.

Desde que salió de la cárcel en marzo de 1994, está oyendo ese debate y ahora no hay tiempo que perder: “Por lo tanto, aquellos partidos que no quieran, bueno, yo los dejo en total libertad de seguir su camino”. Dicho esto, orienta que no se desactiven los batallones, pelotones y escuadras que se crearon en todo el país para la batalla electoral del 3 diciembre pasado. Acude así, una vez más, al poder orgánico del pueblo para enfrentar a los oponentes y hacer viable las nuevas ideas.

En ese instante del discurso, las facciones de su rostro se tensan al extremo, mientras la poderosa voz y los brazos con enérgicos ademanes, cortan el aire: “Yo, Hugo Chávez Frías, hijo de Hugo de los Reyes y Elena, nacido en Sabaneta el 28 de julio de 1954, hace 52 años y medio, (…) declaro hoy que voy a crear un partido nuevo”.

Una sonora ovación y la consigna “¡así!, ¡así!, ¡así es que se gobierna!”, lo hacen sentir aún más seguro. Ha decidido emplearse a fondo en el proyecto del partido unido y utilizar su liderazgo, con el ánimo de evitar que el objetivo se desvíe por las ramas. Conocedor de que lo cortés no quita lo valiente, a la vez invita a todos “los que quieran” acompañarlo.

Adelanta de modo terminante, que él va a gobernar con ese único partido, y quienes opten por no integrarse a la nueva entidad “saldrían de mi gobierno”. Ha visto por televisión “a algunos”, diciendo que el partido de ellos sacó en las elecciones presidenciales una determinada cantidad de votos. “¡Esos votos son de Chávez! ¡Esos votos no son de ningún partido!”, exclama en tono lapidario y luego agradece “la gran labor de los partidos políticos”. Busca así compensar en parte su dura afirmación previa, no del todo justa.

Termina con una idea esencial: “¡No dividamos al pueblo! ¡Unámoslo cada día más!”. Uno de los grandes dramas de Bolívar, enfatiza, “fue precisamente la división, que terminó matándolo y terminó matando a la Gran Colombia”.

 

Minutos antes de llegar Chávez al teatro Teresa Carreño, me ha llamado desde su auto para abordar un asunto de la colaboración bilateral cubano–venezolana. Hablamos de prisa y, al final, me dice: “Voy a proponer en breve el nombre del partido único que vamos a crear; he pensado que se llame Partido Socialista Único de Venezuela”… Hace una breve pausa, tal vez para darme tiempo a que digiera la sorpresiva noticia, y añade: “¿Dime qué te parece?”. Me percato al instante que su intención no es organizar un partido “único” sino unido: “¿Y no sería mejor Partido Socialista Unido de Venezuela, que es lo que tú quieres lograr?”, le digo, a sabiendas de que esa es su intención. Hace silencio varios segundos y antes de despedirse expresa: “En verdad, eso es lo que me propongo”.

Al rato, enciendo el televisor en mí despacho y disfruto su lúcido discurso. Lanza una recta fulminante: en “la nueva era que comienza”, se necesita un instrumento político unitario que se ponga al servicio del pueblo y de la Revolución, “no de parcialidades, ni de colores”. Otra ovación lo motiva a confesar que ha estado pensando hasta en el nombre. Y de una vez lo suelta: “Partido Socialista Unido de Venezuela”. Su propuesta levanta una inequívoca algarabía de aceptación en el emblemático teatro, sede de grandes hitos de la Revolución. Este será otro para recordar.

Enseguida argumenta cómo los partidos “deben ir marchando al ritmo del proceso revolucionario”. Alude al Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR–200) y recuerda que este existió durante 15 años y desaparece en 1997, al surgir el Movimiento Quinta República (MVR) para encarar nuevas batallas políticas y electorales. Ahora, dice, el MVR debe pasar a la historia “con sus virtudes y defectos”, al cabo de una década de quehaceres. Y pide a las direcciones de los demás partidos aliados, que se reúnan y discutan: “les hago la invitación, a nombre del pueblo, a que pongamos de lado los partidos y creemos el Partido Socialista Unido de Venezuela”.

Termina con una sentencia: el Psuv “será el más democrático de los partidos de la historia venezolana”. Los verdaderos líderes, adelanta, serán electos por las bases y se echará en un saco “la política esa de cuántos diputados voy a tener yo, y cuántos gobernadores, y cuál es la cuota mía; no chico, eso no, eso tiene que pasar, esa es la Cuarta República viva, el reparto, las tajadas”.

Ha iniciado de tal modo uno de los procesos políticos más complejos de su vida y de la historia venezolana. Él lo sabe. Y se alista para actuar desde su paciencia unitaria, sin desviarse un milímetro de los conceptos y de la axiología que acaba de proclamar.

 

Gestación del Psuv: primera etapa

¿Qué reacciones suscita en el Polo Patriótico la iniciativa de crear el partido unido de la Revolución? Algunos miembros saltan como liebres asustadas y hacen públicas sus opiniones en contra de la propuesta. Emplean disímiles subterfugios, para tratar de ocultar que no aceptan disolver sus organizaciones y sumarse a la creación del nuevo ente desde las bases populares. Tal dinámica hace más difícil el proceso, aunque es positiva: reduce lastres y ayuda al giro radical que vive la Revolución.

Luego de esperar el lapso necesario y conocer qué piensan los integrantes de la alianza, Chávez nombra una Comisión Promotora, que se reúne por vez primera en Miraflores el 14 de febrero. Al terminar, ofrece declaraciones a la prensa. La Comisión es presidida por él y está integrada por un primer grupo de siete miembros que llama “los históricos”: José Vicente Rangel, Guillermo García Ponce (ex dirigente comunista), Jesús Paz Galarraga (MEP, socialdemócrata), Roberto Hernández (PCV), Fernando Soto Rojas (Liga Socialista), Alí Rodríguez y Alberto Müller Rojas (ambos de Patria para Todos). Además, Titina Azuaje (Clase Media en Positivo), David Velázquez (PCV), Francisco Arias Cárdenas (Partido Unión) y Adán Chávez, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Freddy Bernal, Luis Reyes Reyes, Pedro Carreño, Antonia Muñoz, Héctor Navarro, Rafael Isea, Érika Farías y William Fariñas, todos del MVR.

Estas personas no representan a uno u otro partido. Su papel será reunirse con todas las fuerzas políticas y sociales de la alianza bolivariana, para conocer opiniones y elaborar una propuesta que permita, a fines de año, tener “el más grande partido democrático de la historia de Venezuela”.

En esa primera reunión, él orienta tres ideas básicas: 1) el partido unido de la revolución debe ser fruto de las bases organizadas, sin ninguna imposición desde arriba: hasta el nombre deberá discutirse y aprobarse en el Congreso constitutivo; 2) se necesita un partido auténticamente democrático, acorde al nuevo socialismo que se pretende desarrollar; 3) será responsable de definir el rumbo de la Revolución, de conducirla y defenderla en todas los escenarios y batallas; entre estas las electorales, cuyos objetivos deben ser concientizar al pueblo y ganar espacios de poder, para hacer avanzar la revolución.

El lunes 5 de marzo, anuncia en un Aló Presidente el cronograma de nueve meses que la Comisión Promotora ha concebido, y los pasos “hacia el parto del Psuv”. Ipso facto, despliega sus dotes a fin de que la criatura nazca sana y robusta. El plan es intenso, e incluye diversas actividades signadas por la participación de todos los aspirantes en igualdad de condiciones.

Consagra a este proyecto buena parte de los cinco Aló de marzo. Realiza en ellos varias reflexiones y polemiza en su estilo sincero, a veces duro e incluso hiriente, con quienes rechazan crear el partido unido. En el Aló del 5 de marzo, anuncia que se ha creado un pequeño Comité Técnico (una especie de brazo ejecutivo de la Comisión Promotora), formado por Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, Adán Chávez, Érika Farías, Lina Ron y Antonia Muñoz. Destaca que esta proporción del 50% de hombres y mujeres, debe procurarse en todas las instancias del futuro partido, y también la presencia idónea de las razas, etnias y generaciones.

 

¿Cómo transcurre el “embarazo”? Comienza a ser más visible el 24 de marzo en el teatro Teresa Carreño, en la reunión del primer grupo de 2 mil 398 “propulsores”. Entre esa fecha y el 25 de agosto (cinco meses), ocurren otros cinco eventos públicos. Ellos son: segundo encuentro de propulsores, esta vez 16 mil 786 (19 de abril); rueda de prensa de Chávez, con motivo de su inscripción en el Registro de aspirantes a militantes del Psuv (5 de mayo); encuentro nacional de aspirantes al Psuv (23 de junio); asamblea del batallón del Psuv al que pertenece Chávez (28 de julio); y asamblea nacional de batallones, rumbo a la creación del Psuv (25 de agosto). Junto al primero, todos reflejan los avances y dificultades en la forja del proyecto.

Esta etapa de seis meses es crucial. En ella, Chávez alude con notables aportes a dos cuestiones matrices subyacentes: cómo debe ser y cómo debe actuar el Psuv. De conjunto, sus juicios expuestos en los Aló de marzo y en las seis actividades mencionadas, configuran su noción acerca del Partido de sus sueños. A la par, millones de bolivarianos, en su carácter de aspirantes a militantes e incitados por el verbo y el ejemplo del líder, coparticipan en la creación del nuevo partido –que por la complejidad del proceso, debe esperar hasta principios de 2008 para nacer.

Sin evasivas y muchas veces a elevada temperatura, encara en primer lugar las posiciones de varios dirigentes de tres miembros de la alianza: Podemos, el PPT y el PCV. Busca en las luces de Bolívar y en la historia de Venezuela y de toda nuestra América, el fundamento de sus posturas. Adereza las diatribas con definiciones sobre el nuevo partido y hace así más evidente el contraste entre sus nociones y las de los antagonistas de la propuesta.

La lógica es clara: El proyecto liberador del más grande venezolano de todos los tiempos, avanzó cuando sus ideas y acciones unitarias guiaron la batalla independentista. Retrocede y fenece, por las divisiones y la traición de muchos líderes, que devienen funcionales a las oligarquías.

Evoca a Bolívar desde que en 1811 clama en la Sociedad Patriótica porque la unión sea efectiva, “para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad” (Aló, 5/3/07). Cita sus palabras de la Carta de Jamaica (1815): “la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración (…), mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos”. Y recuerda que no solo lo expresa en ese documento: “Lo dijo en Angostura, lo dijo aquí en Barinas, lo dijo allá en Cumaná, lo dijo en Haití, lo dijo en todas partes; lo dijo en Lima, lo dijo en La Paz, lo dijo en el Potosí, andaba regando su mensaje, llamando a la unidad, a la conciencia de los pueblos para poder hacer una revolución y darle forma al gran proyecto de unidad de América Latina” (Idem).

Rememora al legendario General en dos grandes lapsos: “el tiempo de la epopeya y el tiempo de la tragedia” (Aló, 25/3/07). Explica: “La causa fundamental de la tragedia de Bolívar, del proyecto bolivariano y del desastre de Venezuela y de la América Latina, fue precisamente la desunión” (Idem). Añade que mientras el Libertador languidecía en Santa Marta, en su última proclama dice: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Y desde esa amargura, tan enraizada en las fibras del barinés, recuerda que “así quedó la Patria dividida en mil pedazos, (…) no solo Venezuela, la Patria Grande la partieron en pedazos. Lo que pudo ser una sola gran victoria se convirtió en 20 grandes derrotas” (Ídem).

Después, “se nos vino encima –desunidos y debilitados– el imperio norteamericano y sembró su tiranía imperial en estas tierras”. De ahí que él insista tanto en la unidad, dice, y haya sido un promotor de ella desde que comenzara a conspirar dentro de las fuerzas armadas en 1978, y en sus nexos con organizaciones civiles de izquierda desde los años 1980. Explica que sus esfuerzos unitarios con esas agrupaciones y para que se acercaran entre ellas, resultaron infructuosos debido al sectarismo y los intereses particulares.

 

Tal recapitulación en el acto del 24 de marzo con los promotores y al día siguiente en el Aló –nunca antes expuesta por él con tanta crudeza–, encierra el propósito de explicar al pueblo las posiciones anti unitarias de algunos dirigentes de la alianza que integra el Polo Patriótico. El 4 de febrero de 1992, expresa: “nos quedamos los militares solos”, no hubo apoyo popular a la rebelión “porque los partidos o grupos políticos, estaban divididos, echándose cuchillo entre ellos” (Aló, 25/3/07). “Nos quedamos solos, excepción heroica, un grupo de estudiantes de la Universidad de Carabobo que salió a unirse a los soldados en Valencia”. (Acto, 24/3/07). Y completa su relato con una afirmación clave: “Si nosotros nos hubiésemos puesto a esperar que los partidos de izquierda se unieran antes del 4 de febrero, todavía estuviéramos esperando, nunca hubiéramos hecho el 4 de febrero” (Idem).

Y después, al salir de la cárcel en marzo de 1994, “no me quería ningún partido de la izquierda (…); yo crucé el desierto y me fui con un grupo pequeño de compañeros a recorrer las calles y los pueblos, no teníamos a veces ni para comer, perseguidos, vigilados (…)” (Aló, 25/3/07). Más adelante, recuerda: “nosotros salimos directo con un proyecto constituyente; ninguno de ellos creía en ese proyecto, (…) y entonces nos dimos a la tarea, con el único recurso de la voluntad y el apoyo popular, de construir el Movimiento Bolivariano Revolucionario (…)”.

En ese lapso, dice, habría sucedido lo mismo que antes de 4 de febrero, si él y sus compañeros hubiesen aguardado por la organización de un frente unido. De ahí que decidieran crear en abril de 1997 el Movimiento V República, tras un proceso unitario duro y difícil dentro del MBR–200, para participar en los comicios de 1998. De tal modo, razona, se logra por primera vez una alianza electoral, no así una auténtica unidad para conducir la Revolución. Esta última afirmación, además de inédita es clave en su relato. Insiste: Nunca ha existido desde entonces, “una unidad orgánica verdadera”. Y reconoce otra verdad: “cuánta falta nos ha hecho una verdadera unidad, en estas etapas que hemos transitado” (Aló, 25/3/07).

¿Por qué hace estas evocaciones? Lo deja claro al final: “(…) ahora llegó el momento, y no voy a mirar atrás, ni voy a dar un mínimo retroceso a esto: ¡Adelante, a la carga, a la creación del partido!” (Idem).

Emite otra opinión novedosa: “Nosotros hemos avanzado en estas primeras etapas, no por la unidad de los grupos políticos precisamente, sino por la unidad de un pueblo y la conciencia de un pueblo”. “No ha sido un buen ejemplo de unidad”, reconoce. Y confiesa: “Cuántas frustraciones, cuánto acuchillarse, dígame a la hora de elegir candidatos a diputados, a gobernadores, a juntas parroquiales, etc., cuántas tensiones, ¿por qué? ¡Ah! Yo sé por qué: cuidar espacios, y creo que por falta de conciencia acerca de los momentos que estamos viviendo” (Idem). Se ha dado cuenta, expresa sin cortapisas, que algunas personas “ven al partido como un fin”: lo que buscan es obtener gobernadores, diputados, alcaldes… (Acto, 24/3/07).

Nunca antes ha sido tan explícito al abordar este espinoso tema, y es así porque desea que la criatura surja sin deformaciones: “la Revolución va avanzando y va decantando”. Para él, es muy importante el apoyo de los partidos, “pero lo determinante es el apoyo del pueblo”. De todos modos, expresa a los aliados que decidieran no sumarse: “las puertas siguen abiertas, siempre seré yo pregonero de la unidad” (Aló 5/3/07).

¿Cuáles partidos declinan unirse? En los comicios para la presidencia de 2006 lo respaldan 24, muchos de ellos diminutos (“una sopa de letras”, dice). El MVR suma la mayoría de los votos a favor de Chávez: 41,66 %. Después, lejos, Podemos (6,53 %), PPT (5,13 %) y el PCV (2,94 %). Aunque casi todos esos sufragios son de Chávez, los partidos se los adjudican porque los electores marcan el voto en sus tarjetas. Los otros 20 partidos están debajo del 1 %, e incluso 10 no llegan siquiera a 0,25 %.

Del total, 10 avalan crear el partido unido, 10 rechazan la propuesta y cuatro postergan la decisión. De los 10 en contra, los tres más importantes son precisamente Podemos, el PPT y el PCV.

Entre los más pequeños que aceptan, se encuentra el Partido Unión, encabezado por Francisco Arias Cárdenas –2do jefe de la rebelión del 4 de febrero y que en el 2000 decide enfrentar a Chávez como candidato presidencial y fundar ese partido–. El barinés, generoso e inmenso, ha dado vuelta a la página y “Pancho” se reincorpora con humildad a las filas de la Revolución. El 28 de enero de 2007, él anuncia su postura: “Unión se disuelve no para desaparecer, sino para crecer dentro de este concepto de unidad con nuestros hermanos del proceso revolucionario”. Chávez exalta tal decisión.

Podemos, el PPT y el PCV, experimentan sendos cismas en su interior. En los tres casos, varios de sus dirigentes principales, la mayoría con cargos en el gobierno central, gobiernos estadales, alcaldías, Asamblea Nacional y otras instancias del Estado, optan por sumarse al proyecto del nuevo partido. Otros, sin embargo, resuelven oponerse desde posiciones desleales Los peores son los tres principales dirigentes de Podemos: el secretario general, Ismael García, y los gobernadores de Aragua y Sucre, Didalco Bolívar y Ramón Martínez. En un acto el 3 de marzo, Ismael declara “no participamos ni participaremos jamás de pensamientos únicos, porque Venezuela es una sociedad diversa, plural”. El 16 de marzo, Didalco rechaza la imposición de “un pensamiento único”, y dice que sólo podía estar de acuerdo con “un socialismo democrático, que proteja los intereses de la propiedad privada”. Y Martínez califica al Psuv de mamotreto sectario, durante un mitin en Cumaná el 17 de abril.

Confronta sin ambages a esos partidos, y en especial desgarra las vestimentas de los tres dirigentes del MAS, de obvio contenido socialdemócrata y que conciben la política con fines lucrativos. Dice en el Aló del 5 de marzo: “Realmente lo que quieren es cuidar espacios, que si tantos diputados, que si tantas gobernaciones, (…) entonces empiezan a decir: ‘No, que el pensamiento único’. ‘No, que la democracia’. ‘No, que socialismo o muerte no me gusta’. No, digan la verdad, los invito a que digan la verdad al país, con franqueza”.

Días después expresa a los tres partidos: “(…) váyanse si quieren irse, yo no los estoy corriendo, yo sólo quiero que hagamos una verdadera revolución y que dejemos de estar amarrados al sectarismo, al partidismo, al clientelismo político, que tanto daño le ha hecho a este pueblo” (Aló, 18/3/07).

Y el 24 de marzo, alerta que los dirigentes opuestos a crear el partido unido, van a convertir a sus entidades en cascarones vacíos, porque la abrumadora mayoría de sus miembros optarán por sumarse a la idea. Y en tono de broma, dice que les va a prestar a esos dirigentes su pequeño auto Wolkswagen para que anden juntos: “ahí van a caber, y a lo mejor quedan puestos vacíos todavía”. Tales chistes y sus agrios comentarios, son explicables por el irrespeto y deslealtad de los dirigentes aludidos, aunque a veces se excede. De todos modos, reconoce “la contribución de todos esos partidos” a muchas batallas populares que han tenido lugar en Venezuela.

 

Contra los socialdemócratas y los dogmáticos marxista-leninistas

¿Cuáles son los factores ideológicos y políticos, condicionantes del actuar de esos dirigentes? Agrupa a estos en dos vertientes: reformistas socialdemócratas y dogmáticos marxistas–leninistas.

El reformismo, dice, puede acompañar una revolución por un tiempo, “pero hay una barrera más allá de la cual el reformismo se convierte en contrarrevolucionario, y eso es lo que está ocurriendo aquí hoy”. Pone de ejemplo las intervenciones que el gobierno está haciendo de varios fundos: “a los reformistas eso no les gusta, porque esto es revolución en el campo y hay personas que a veces tienen conexiones, compromisos con los terratenientes, con la elite regional o nacional”, o les da miedo que los llamen esto o aquello, “a veces tienen rabo de paja y no se atreven a meterse en la candela”.

Emplea una elocuente metáfora: El reformismo es como el colesterol en el cuerpo humano, “un asesino que tenemos por dentro”. En consecuencia, “el partido tiene que ser capaz de detectarlo y de ir limpiando, creando verdaderos cuadros revolucionarios, insertándose junto al pueblo, la clase obrera, los campesinos, los estudiantes, las juventudes, las mujeres, (…) impulsando el proceso revolucionario” (Aló, 18/3/07).

Respecto de su crítica al dogmatismo, en clara alusión al PCV, realiza una retrospección histórica. Afirma que el proyecto de la Revolución Bolivariana no es marxista–leninista: “Si Carlos Marx y Vladimir Ilich Lenin resucitaran e hicieran un estudio sobre las circunstancias europeas y mundiales de hoy, estoy seguro que harían unas tesis no radicalmente distintas, pero con bastantes diferencias a las tesis que ellos desarrollaron hace casi siglo y medio”.

Sin embargo, expresa con ironía: “aquí hay personas que agarran un librito y dicen: ‘no, esto es un catecismo, de aquí yo no me salgo’”. Y apostilla, en forma coloquial: “Date cuenta chico, que eso fue escrito –con todo el respeto a aquellos ideólogos y grandes revolucionarios–, por allá por 1,800 y tanto, por 1,900, date cuenta que el mundo ha cambiado” (Aló, 18/3/07)

Y al siguiente día, en el Aló, utiliza palabras de dos célebres barbudos: “A Carlos Marx en una ocasión le hicieron una entrevista, ya viejo, y le preguntaron: ‘¿Usted es marxista?’. Dijo: ‘No, no, no, yo no soy marxista’. Él mismo. Es decir, no soy dogmático, quiso decir”. Y Fidel confiesa a Ignacio Ramonet: “uno de los más grandes errores que yo cometí en los primeros años de la Revolución, fue haber creído que alguien sabía cómo se construye el socialismo”.

Tiene un gran respeto por todos los partidos comunistas del mundo, dice, pero “habrá que recordar que muchos partidos comunistas en América Latina, le retiraron el apoyo a la Cuba Revolucionaria, por los años ’60 y ’70, y traicionaron en algunas partes al Che Guevara, se negaron a apoyarlo”. Siente respeto por el PCV y le ha exigido al MVR darle espacio, pues “ahí hay cuadros muy valiosos”; pero recuerda: cuando salió de la cárcel, existía una corriente en el PCV que lo consideraba un caudillo, y se opusieron incluso a que él participara en una marcha por el 1 de mayo.

Al finalizar su diatriba, afirma que el dogmatismo es también una corriente contrarrevolucionaria (aunque no explica por qué lo interpreta así). En ambas “hay compañeros buenos”. Y concluye: “Yo les hago un llamado a que reflexionen profundamente, despejen sus dudas y se vengan con nosotros”.

¿Acaso escapan a Chávez los problemas del resto de los miembros de la alianza? En verdad, sus críticas no se limitan a esos tres partidos. Algunas abarcan al conjunto de ella, incluido el MVR, el partido que él fundara. Por ejemplo, refiere que ninguno apoya la gestión del gobierno nacional contra el desabastecimiento y por el control de precios: “Ni uno de los partidos que tenemos asume esas tareas, ni uno, porque no tienen voluntad, ni capacidad para asumirla; andan pendientes de otra cosa”. En vez de apoyar al gobierno central y al líder, andan con sus “gobiernitos paralelos”.

El gobierno nacional actúa por un lado, mientras los partidos lo hacen por su cuenta con poderes locales, porque obedecen no al líder sino a comandos paralelos. Y cuando él toma grandes decisiones, “no hay un partido que sea un intermediario, que informe y direccione las políticas que dicta el Presidente o el gobierno”. Eso sí –dice con molestia–, los lunes de cada semana todos los partidos ofrecen ruedas de prensa “y buscan cámara, y primera plana, y discursos, pero en la realidad, cero hit, cero error, cero carrera”. Todo eso, concluye, “tenemos que demolerlo y crear la gran unidad nacional, revolucionaria”.

Está de regreso y gusta pisar tierra firme: La montaña a escalar es alta y no todos los alpinistas, incluso de su propio partido, tienen fuerza ética y política para alcanzar la cima. Por eso, no para mientes en decir verdades: “Yo en estos últimos años he visto personas que uno creía que eran tremendos revolucionarios y no aguantaron el paso por el poder, no aguantaron un cheque de no sé cuántos millones (…)”.

Añade un concepto: Hace 100 años se decía que el capitalismo vivía su crisis terminal, pero “no termina de llegar la crisis final”. Y hay algo más peligroso, dice, “el modo de reproducción del capital”, que István Mezarov llama “metabolismo del capital”.

Luego de mencionar esta noción abstracta del pensador marxista húngaro, salta a otro ejemplo concreto. Hay venezolanos, dice, a quienes “se les ha entregado un tractor y una tierra para que hagan un proyecto socialista, y uno de ellos termina ocupando la casa con su familia y amarrando un tractor a un poste para que más nadie lo maneje”, y en vez de usarlo lo arrienda. Vuelve a generalizar: Eso es producto de “las viejas costumbres, la corrupción, la ambición individual al beneficio económico: ese es un enemigo terrible que a todos puede afectar, a cualquiera, al más pintado”.

También ha visto, “a muchísimos compañeros y compañeras que han pasado la prueba, que hemos pasado la prueba, pero cada quien amárrese por dentro los valores, fortalezca la conciencia, porque el enemigo anda por dentro y no sólo el enemigo declarado, sino (…) las viejas costumbres”.

Para explicar mejor su referencia a “las viejas costumbres”, alude y analiza un ejemplo histórico, basándose en una de sus obras dilectas. Y la cita de memoria: “Dice Víctor Hugo en Los Miserables, (…) a través de un personaje de su novela, ‘creíamos haber cambiado el mundo, pero nos olvidamos de algo, de cambiar las costumbres’”. Fue así, razona Chávez, que la Revolución Francesa, “con todo su heroísmo, se vino abajo y luego se impuso la restauración, el imperio y la contrarrevolución”. Lo mismo ocurrió en la Unión Soviética, a los pocos años de morir Lenin “aquello se transformó en vez de todo el poder para los soviets, en todo el poder para la elite del partido y para la nueva clase política (…)”.

Este paseo por la historia culmina en una moraleja: “Nuestro nuevo partido debe evitar esa tendencia, de sustituir unas viejas estructuras por otra que nazca vieja, elitista, de privilegios”. Y enseguida, su poderosa voz estremece al auditorio con otra idea–fuerza, y todos lo aplauden, incluso algunos simuladores vestidos de rojo que tensan sus rostros: “¡cero privilegios, demos ejemplo de desprendimiento, de humildad revolucionaria!”.

 

Más ideas a los promotores del Psuv

¿Qué otros conceptos y valores desgrana Chávez en ese encuentro con los promotores? Resumo.

Uno: Debe ser un verdadero partido socialista, revolucionario, bolivariano, donde exista plena libertad de debate desde las bases, “no circunscrito a una élite, a una cúpula”; cuando se adopte la decisión, “entonces viene la disciplina”, y tiene que haber “unidad de mando”, “porque se trata de una revolución”, “aquí está en juego la vida de la patria, está en juego el futuro de Venezuela”.

Dos: Un partido de masas que genere cuadros, según la noción de Gramsci (no de cuadros o de masas, a secas).

Tres: Debe quebrar el paradigma de la representatividad; las bases elegirán los liderazgos, y estos deben mantener conexión permanente con ellas y no formar una nueva elite sustentada “en la fuerza de la costumbre”.

Cuatro: Hay que romper esa fuerza negativa y crear nuevas realidades e ideas novedosas.

Cinco: Un partido subordinado al pueblo, y no al revés.

Seis: Un partido de frentes (obrero, campesino, estudiantes, mujeres…), no un frente de partidos.

Siete: Debe sustentarse en una elevada moral; por ejemplo los corruptos, latifundistas y traficantes de influencias no son revolucionarios y no pueden ser miembros del partido; tampoco los embusteros, o un hombre que golpee a una mujer, un machista, un racista, o quienes antepongan los intereses personales a los del colectivo.

Ocho: Junto a su elevada moral, tiene que ser un partido de luces, en el que todos sus miembros estudien, piensen y propongan ideas.

Nueve: Poseer una composición social en sus bases y en los liderazgos, que sea espejo de todos los sectores y generaciones del pueblo.

Diez: La resultante suprema es conseguir “eficiencia política y calidad revolucionaria”, tal cual la definiera el ex comandante guerrillero venezolano Alfredo Maneiro.

Once: Conducir la Revolución guiado por una estrategia certera y con las tácticas ajustadas a cada momento y escenario de lucha.

Doce: Debe ser dinámico, diverso, flexible, ágil, “muy nuevo en su concepción, en su bandera, en su programa, en su estrategia”, capaz de diluirse en el pueblo y subordinarse a este, y a la vez tener liderazgo, “porque si no tiende a perderse y dispersarse”; “que se abra, que se cierre, que ataque, que se defienda y que triunfe siempre”.

Trece: Orientar su programa, organización, estatutos e ideología, acorde con el ideario de la Revolución Bolivariana: el árbol de las tres raíces (Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora) y los demás componentes éticos e históricos del socialismo venezolano.

Catorce: “Un partido para la paz, pero si fuese necesario un ejército para la guerra”, capaz de defender “de cualquier agresión imperialista la sagrada patria venezolana y el impulso de nuestra revolución”.

Quince: Debe aspirar a ser promotor de la unidad de las izquierdas en la América Latina y en el Caribe, y más allá, de los partidos y movimientos de izquierda en el mundo.

Otras definiciones esenciales

Pocos días después, el 19 de abril, en el inmenso Poliedro de Caracas habla al segundo grupo de propulsores, a quienes reitera varias de las ideas anteriores y formula algunas inéditas. Me detendré en la nuez de estas últimas. Acude a tres autores, para sustentar en parte sus propios conceptos. Son ellos los marxistas José Carlos Mariátegui y Marta Harnecker, y el ecléctico Elías Canetti.

Comienza por recordar las idea matriz del Amauta sobre el socialismo (ni calco ni copia…creación heroica), y alude la exaltación que este hace de la política (sin precisar la obra). Lee: “La política es hoy la única actividad creadora, es la realización de un inmenso ideal humano, la política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria (…)”. Hace suyo este criterio de Mariátegui y lo contrapone a la “politiquería de ganar espacios y cargos” con fines lucrativos: “que me pongan donde ‘haiga’”, al estilo de la IV República.

Enseguida razona que se vale de esa idea, para afirmar que la política es un arte “y el arte es creación, debemos ser artistas de la política”. “¿Qué estamos creando?”, pregunta. Y precisa: “(…) estamos creando una gran fuerza social, un gran sujeto social, trasformador (…)”. Y a él se le ha ocurrido llamar a esta “una fuerza social transistémica”, un partido capaz de actuar como “un gigantesco motor” de la revolución, integrado al pueblo, y vencer todas las resistencias, todos los obstáculos, “para ir avanzando en la construcción de la Venezuela socialista”.

 

De Elías Canetti, ha leído su obra de antropología social Masa y Poder. Nacido en Bulgaria en 1905, Canetti es hijo de una familia hispano hablante de judíos sefardíes, y fallece en Zurich, en 1994. Adoptó la ciudadanía británica y fue poseedor de una vasta cultura literaria, filosófica, sociológica e histórica, de impronta austriaca y alemana, lengua en la que escribe. Ecléctico e inconcluso, se propuso interpretar los desgarros del siglo xx y obtuvo el nobel de literatura en 1960. Masa y Poder, se lo regala a Chávez el vicepresidente Jorge Rodríguez (psiquiatra de profesión) y como suele hacer con muchas grandes obras, el barinés la interpreta en función de sus afanes y proyectos, aunque esta vez no desbroza la densidad del ensayo.

Su mirada se centra en la idea del autor de que la masa “generalmente adquiere un carácter temporal, fugaz, muchas veces es amorfa, (…) se forma a veces en un segundo, pero igual como se formó en un segundo, desaparece también en un segundo”, dice Chávez y contrapone ese concepto de masa al de multitud. Esta “nunca morirá” –razona–, porque “la multitud es el pueblo organizado, orgánicamente unido, enlazado por distintas razones”. Y va al grano que le interesa: “El partido debe contribuir a que el pueblo crezca y se convierta en mil multitudes, que jamás muera”, conscientes, arrolladoras cuando tengan que serlo, “no en masa momentánea”.

Concluye: “En vez de partido de masas, pudiéramos dejar atrás ese término y hablar de un partido de multitudes, y de las multitudes surgen los cuadros, surgen los líderes, pero serán las multitudes el alma, el cuerpo, el nervio y el hueso del gran partido socialista revolucionario de Venezuela”. Ha asumido el concepto multitud, luego de varias lecturas, una de ellas la obra teórica La Multitud, de Toni Negri y Michelle Heart, pero con una perspectiva gnoseológica “chavista”…

 

Inspirado, salta a un tema que es crucial. Las fuerzas que se oponen al cambio, asegura, “no sólo son las fuerzas conscientes de la oposición nacional o internacional (…), dentro de nosotros mismos hay fuerzas inconscientes que se convierten en obstáculos de la transformación”.

Dicho esto, dispara (en argot beisbolero) una recta de 95 millas: “Cada quien debe revisarse, hacerse una introspección, porque puede tener el opositor por dentro sin darse cuenta”. Sigue: “uno es producto de una sociedad capitalista, (…) buena parte de los obstáculos y las resistencias al cambio están dentro de nosotros mismos en lo individual y en lo colectivo”. Y remata: Hay gente que se resiste a los cambios “por miedo a lo desconocido, o porque tiene valores conservadores que se terminan imponiendo a los nuevos valores que necesitamos para transformar la sociedad capitalista (…)”.

Marta Harnecker, consagrada socióloga, politóloga y periodista chilena, ha vivido en Venezuela desde mediados de 2002, está incorporada desde su profesión a tareas del proceso e integra un grupo de asesores del Presidente. En su discurso, Chávez cita y desarrolla aspectos de La izquierda en el umbral del siglo XXI –libro publicado en 1999, que la autora escribe en Cuba– y recomienda que se edite y estudie.

Menciona y hace suyos los criterios de ella sobre las potenciales desviaciones y errores que amenazan a la izquierda, y añade algunas glosas, mientras lee los enunciados: 1) Vanguardismo; 2) verticalismo y autoritarismo; 3) copia de modelos foráneos; 4) teoricismo, dogmatismo y estrategismo; 5) subjetivismo; 6) concepción de la revolución como asalto al poder; 7) insuficiente valoración de la democracia; 8) consideración de los movimientos sociales como simples correas de transmisión; 9) visión del cristianismo como opio del pueblo; 10) desconocimiento de los factores étnicos y culturales.

Las explicaciones variopintas que ofrece Chávez, ilustran y enriquecen lo expuesto por Marta. Por ejemplo, añade los prejuicios derivados del machismo y critica lo que llama “el viejismo”, o sea la subestimación del papel de los jóvenes en el Partido y en todos los escenarios y luchas.

Argumenta que hay dos tipos de conocimientos, el que la gente adquiere producto de la práctica, “de nuestra propia realidad” y el otro es el indirecto, fruto de otras praxis, en otras sociedades. El partido, razona, debe convertirse en articulador “de esos dos tipos de conocimientos, impidiendo los dos extremos perversos”.

El primero, es el vanguardismo: “aquella desviación que consiste en que el partido se termina convirtiendo en un partido de la vanguardia iluminada”, sus dirigentes “conocen todas las teorías políticas, la filosofía de la política, son iluminados pues (…)”. Minimizan a las bases, “desconocen su gran capacidad creadora y el conocimiento práctico; y por tanto, un partido con esas características termina alejándose de la realidad, termina rompiendo todo nexo con el pueblo y termina siendo un cascarón por muy iluminante que sea”.

El otro riesgo, es el pragmatismo. Dice: “No se toma en cuenta el conocimiento teórico–universal de otros tiempos, de otras revoluciones, de otras experiencias y nos quedamos sólo con el conocimiento producto de la praxis, y es allí donde caemos en la desviación del practicismo o el pragmatismo y nos olvidamos de la teoría, de las luces”. Y concluye: “El partido que necesitamos, (…) debe ser capaz de articular el conocimiento directo de la experiencia popular, con el conocimiento indirecto de las luces universales de otros tiempos (…). Y sobre esos dos conocimientos viene lo que dice Mariátegui, la creación heroica –desde nuestras raíces–, de nuestro modelo, de nuestra ideología, de nuestros programas de acción estratégicos”.

Hay un autor que Chávez pocas veces menciona y en esta ocasión lo exalta con ganas, pues la idea que esgrime pareciera que fuera escrita para su cruzada a favor del Psuv. Se trata de Lenin, “ese gran revolucionario ruso, soviético, el padre de la Unión Soviética”. Lee la cita, que extrae de La Bancarrota de la segunda internacional: “Se requiere una instancia transformadora, capaz de dotar a millones de hombres y mujeres de una voluntad única”, dice Lenin. Y enseguida remarca Chávez: “Esto no quiere decir para nada, como algunos lo han dicho por allí, el pensamiento único; no, un gran partido debe estar conformado por numerosos frentes y corrientes, pero no fracciones, ni caudillismos, ni movimientos sectarios por dentro de él, se requiere una voluntad única, a decir de Vladímir Ilich Lenin”.

Critica a quienes “les encanta” estar haciendo estrategias “y se olvidan de los detalles tácticos”. Sostiene: no puede haber estrategia sin tácticas, pero “hay gente que se la pasa planificando en las nubes”. De igual modo, arremete contra el subjetivismo: “esa es otra desviación terrible, confundir los deseos con las realidades o lo que se puede llamar también el auto engaño, caerse a mentiras uno mismo”.

Sobre la concepción de la Revolución como asalto al poder, comenta: “mucha gente cree que llegamos al gobierno y ya, ya ese es el poder del Estado y eso es suficiente y luego se declara al gobierno revolucionario y ya. No, debemos cambiar la concepción del poder y en Venezuela hemos dado pasos importantes en eso, no es el poder del Estado, no, no es el asalto al poder, es la creación de un nuevo poder”.

Respecto de la insuficiente valoración de la democracia, y el desprecio a sus valores “ha sido en muchas ocasiones una desviación de partidos revolucionarios, (…) quizás por una mala interpretación de aquella frase utilizada por Carlos Marx y por Vladímir Lenin, de la dictadura del proletariado”. Más allá del debate sobre el término “dictadura del proletariado”, razona Chávez, “debemos decir que muchos movimientos políticos de la izquierda, desdeñaron los valores verdaderos de la democracia”. Y sentencia: “Nuestro partido debe ser profundamente democrático, verdaderamente democrático”.

También se refiere a los movimientos sociales, como simples correas de transmisión. Él lo resume así: “subestimación de los movimientos sociales”. Y explica: “Hay partidos que consideran que el movimiento obrero, el movimiento campesino, las mujeres, los movimientos indígenas (…) sólo sirven para manipularlos, para utilizarlos, porque la “elite esclarecida del partido” “no requiere de la participación directa de las masas o de los movimientos sociales o de las multitudes”.

 

Hasta aquí, Chávez expone y redondea la mayor parte de sus nociones sobre el nuevo Partido. Después, en varios Aló y en otros actos y entrevistas de prensa, durante los meses siguientes de 2007, retoma tales nociones en función de lograr que el Psuv sea el conductor del gran salto que se ha propuesto iniciar con la Reforma constitucional. Sin embargo, la complejidad de gestar tal novedoso partido, en medio de esta otra batalla, obliga a postergar el congreso fundacional para inicios de 2008.

El entusiasmo del barinés, derivado de la energía colectiva que aprecia y de sus convicciones, lo impulsan a declarar que el Psuv será “el más grande partido de la historia política de América”. Aclara: “no el más grande por su tamaño, que va a ser un partido de gran tamaño, sino el más grande por su conciencia, por su fuerza, por su capacidad para impulsar un verdadero proceso revolucionario”. Y precisa que será el más ingente partido revolucionario, antiimperialista y socialista de la historia, “no sólo de Venezuela, sino del continente americano todo y de buena parte del mundo”.

Ha colocado la meta en la cima del pico Bolívar –el más alto de Venezuela–. Él lo sabe: Crear el partido de sus sueños tiene por delante enormes retos que vencer. ¿Cuánto podrá avanzar?

* Fragmento inédito del tercer (y último) tomo de la biografía de Hugo Chávez, que actualmente escribe Germán Sánchez Otero.

 

Tomado de La Pupila Insomne.

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