Luz martiana.

La solemnidad de Dos Ríos y ese halo que nos envuelve, cuando sabemos que nuestros pasos se afincan sobre la misma tierra que fue testigo de hechos extraordinarios, me invitó a una abstracción de carácter histórico, a una interrogante que los bregares de nuestra resistencia heroica han respondido con creces. ¿Han tenido los apetitos imperiales con respecto a Cuba un escollo mayor que Martí?

Es real que antes de la fecunda obra martiana ya se combatía con incuestionable hidalguía por la independencia, pero su visión sobre los oscuros planes que se tejían en el norte revuelto y brutal significó una clarinada para los cubanos y una molesta premonición para el gigante de las siete leguas. Nadie como él había oteado con tan aguda visión el horizonte político de aquella nación pujante y ambiciosa.

Los de allá lo sabían y observaban con recelo la perspicacia del hombre que estaba forjando la más poderosa arma que aún nos acompaña: la unidad de los cubanos en torno a un Partido revolucionario, con todos y para el bien de todos. Martí sabía muy bien que de aquel gobierno de políticos ávidos y calculadores solo vendrían aviesas intenciones, maquinaciones para evitar la soberanía plena de la Isla, intentos de división. Fue tal vez la componenda que provocó el fracaso de la Fernandina el más doloroso rostro de aquella gran verdad.

Muchas podían haber sido las motivaciones que acompañaron al Apóstol en su consagración plena a la lucha; sin embargo, horas antes de morir confesó a Manuel Mercado, en su carta inconclusa, que todo cuanto había hecho y haría estaba motivado por su convicción de que Estados Unidos se mostraba decidido a caer con fuerza devastadora sobre nuestras tierras de América, y en ese empeño necesitaban apoderarse de Cuba.

Quiso el infortunio que las balas españolas detuvieran el ímpetu del Apóstol. Su muerte significó el más duro revés para la causa cubana y tal vez floreció la creencia de que quedaría en el olvido su alerta sobre el peligro mayor.

Pero la savia martiana se había colado por los vasos capilares de la cubanía, aguardaba como energía latente contra anexionistas o canijos. Cada intento de someter a Cuba y conservarla dócil y servil bajo la bota del amo encontraba resistencia tenaz.

Fue así en el año de su centenario, cuando, al decir de Fidel, parecía que el Apóstol se moría para siempre, que su memoria se extinguía; pero entonces otra vez demostró su presencia y resurgió en el Moncada, el Granma y los bregares de la Sierra.

Por años nuestros enemigos han tratado de superar lo que él significa; a veces solapadamente, con el sigilo de los plagiadores; otras, con impudicia, como los marines que pretendieron ultrajarlo o los mercenarios que osaron profanar su imagen; sin embargo, aquí está Martí, multiplicado y ceñudo cuando adivina, desde su ganada posteridad, que vuelven a la carga los que olvidan que la pobreza pasa, pero la deshonra nunca.

Sin Martí, todo les sería más fácil en el empeño de rendirnos a toda costa y a todo costo, si su legado no se les interpone una y otra vez. Ante un valladar ético y moral tal alto, se quedan desnudos, porque sus maneras de actuar y su probada servidumbre son la antítesis de un martiano consecuente.

Les molesta e irrita su probado antimperialismo, que echara su suerte con los pobres de la tierra, que nos enseñara que vale la pena cualquier sacrificio por preservar la soberanía… y que lo llevemos junto a nosotros, como una estrella, iluminando nuestro paso.

Tomado de Granma.

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