Matanzas, Cuba: «Luchamos por salvar a cada paciente, que siempre es el ser querido de alguien»

Matanzas, médicos incorporados

Foto: Enrique Ubieta Gómez

Se mueve con seguridad, escucha a un paciente, orienta a la enfermera sobre el procedimiento indicado. Va y viene por los cubículos de la sala. Hasta que hace una pausa, se acerca y nos da la bienvenida, «para lo que se les ofrezca», dice.

Su nombre es Olga Esther López y tiene 26 años; solo uno de graduada. Es residente de medicina interna. Estamos en uno de los salones de esa especialidad del Hospital Faustino Pérez de Matanzas, dedicado ahora exclusivamente a enfermedades respiratorias y a pacientes positivos de COVID.

«El mayor peso de la carga de trabajo de esta sala recae en el residente, con la supervisión del especialista», empieza a contarme cuando finalmente se sienta. Habla con naturalidad, sin falsas poses: «Trabajar aquí es una prueba de fuego. Desde que llega el paciente –estamos hablando de una sala en la que el enfermo no tiene acompañante», uno se convierte en su familia, porque es quien lo acompaña todo el tiempo.

Quizás en otras circunstancias la visión que uno tendría sería la de su pedacito, la de lo que me toca hacer, pero aquí muchas veces no importa si eres médico o enfermera, tenemos que ayudarnos todos, aunque sea en un procedimiento de enfermería, lo que haya que hacer se hace en equipo. Esa es una de las cosas buenas que se aprenden aquí”. Su esposo es arquitecto, y conviven solo la mitad del mes, la otra mitad se la dedica al hospital. El régimen de rotación actual de 7 por 7 días.

La jefa de enfermeras de la sala también es muy joven: 29 años. Su nombre es Idoris Martín, y tiene una hija pequeña de casi dos años. Como su jornada laboral abarca todos los días de la semana, incluyendo sábados y domingos, su esposo Osmani Díaz ha dejado de trabajar para cuidar a la niña.

«Yo siempre quise estudiar enfermería. Al terminar el pre pedí la licenciatura en primera opción y me llegó. Esta es mi vida. Siempre trabajé en nefrología, pero al regresar de mi licencia de maternidad necesitaban personal en esta área y di el paso, sin miedo».

La doctora Olga Esther sonríe cuando le pregunto si no se arrepiente de haber elegido su profesión: «Mira, no te voy a engañar: todos hemos tenido momentos a las cinco de la mañana, en que alguien dice, si en lugar de ser médicos fuéramos cualquier otra cosa, porque no se trata de otra profesión, no, uno entonces piensa en lo más simple… Pero sí te garantizo una cosa: a todas las personas que están hoy aquí, les gusta su profesión. Porque hay gente que ha decidido no inmolarse, por los motivos que fuesen. Pero los que estamos aquí, lo llevamos en la sangre».

¿Cómo sobrellevan las carencias que el bloqueo impone?, pregunto. «Inventando. No te puedo decir otra cosa. Inventamos hasta lo imposible. Y milagrosamente resolvemos, aunque a veces no. Hay que luchar por salvar a cada paciente, que siempre es el ser querido de alguien».

La muerte la golpea duro: «Nunca olvidaré el rostro de cada uno de mis fallecidos. Pero duermo con la tranquilidad de que he hecho todo lo posible por salvarlos y que los he apoyado hasta el último momento», agrega y se le humedecen los ojos.

Al fin doy con Ana Iris, una paciente que parece menos afectada. Los test rápidos no la señalan como positiva, pero tiene falta de aire y sus pulmones están inflamados. Ahora le harán un PCR. Responde con rapidez: «Mi hospitalización se hizo difícil. Estuve dos días en la recepción esperando la cama porque el hospital estaba colapsado. Sinceramente, a veces nos incomodamos, pero los médicos hacen un esfuerzo extraordinario. Es día tras día, y el cansancio se les nota. No hablo solo de los médicos y las enfermeras, también del muchacho que limpia, son personas muy sacrificadas, el aplauso de las 9 de la noche es poco para ellos».

Foto: Enrique Ubieta Gómez

Regresamos en silencio. Nos impactó la juventud de los médicos y enfermeros, su disposición. En la tarde-noche recibimos en el parque Libertad, bajo la estatua de Martí, a 103 médicos y enfermeros que trabajaban en Venezuela y a 79, que cumplían una misión de la brigada Henry Reeve en Arzeibayán.

Llegan sin apenas quitarse el polvo del camino, sin pasar antes por sus casas, besar a sus madres, a sus esposas y esposos, a sus hijos. Vienen para apoyar a los que aquí están exhaustos y no se rinden.

Pocos minutos antes de que apareciesen los ómnibus, una enorme bandada de pájaros cruzó el cielo y se acomodó en los árboles del parque. Cuba es una sola.

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