Fidel, siempre amanecer.

Asaltantes al cuartel Moncada.  Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.
Fidel fue uno al principio, pero después sobrevivieron en él todos sus compañeros. Foto: Ismael Francisco

Fidel para nosotros es el más fiel, alto e insomne discípulo del Maestro. Viene del monte y del arroyo, de todas partes y hacia todas partes va, y echó, desde el comienzo de sus días, su suerte con los pobres de la Tierra; su andar definido por la justicia, el antimperialismo, el anticapitalismo.

José Martí es el corazón de su vida extraordinaria. Como el Apóstol, está sin falta, rebelde, junto a los olvidados, y con una luz natural que el empeño y el esfuerzo incansables han moldeado erudita con el mismo fervor con que el sol alumbra nuestro universo.

Fidel  vive en esa dimensión especial de los solemnes y valientes, Quijote del tiempo donde no hay imposibles y cada detalle se observa y concibe como poesía, revolución, filosofía y naturaleza.

En lo inasible reconoce las cosas grandes: en los héroes, los símbolos, la historia, el recuerdo, la justicia, el saber, los ideales; pero también en lo común de todos los días «en el mantel de la mesa y el café de ayer» –como canta Silvio–, en el decoro del abrigo humilde pero digno e ilustrado a que aspira para todos los pobladores de la Tierra. En ese afán se hermanó con quien soñaba repartir los panes y los peces, con los libertadores de todas las regiones distantes, de Nuestra América y del archipiélago al que pertenecemos,   con los ilustres del pensamiento y las luchas sociales como el Moro Marx, «el general Engels», y Lenin.

Para nosotros, Fidel es el fundador de un sueño viejo, de un sueño de cien años que no fueron solitarios sino habitados por  una multitud, por un pueblo entero en esta Isla grande rodeada de más de 4 000 islas, cayos e islotes en el azul intenso del mar Caribe, confluencia de vientos, corrientes y travesías, de lo profundo físico y cultural del mundo, y por eso mismo, encrucijada vital, llave de un futuro más noble, más humano para todos.

Fidel confió siempre en que era alcanzable el anhelo de un país justo y soberano, y fue esa fe encendida la que le rodeó de los mejores hombres y mujeres de nuestro pueblo, acaso y por tanta decepción acumulada, descreído hasta entonces, hasta aquella amanecida de fuego sobre la ciudad dormida de Santiago.

De aquel 26 de pólvora y sueños, Fidel siempre evocaba exhaustivamente todos los instantes, incluso el momento en que habló con Guido Fleitas, en medio del fuego intenso que ya demoraba aproximadamente una hora. Al transcurrir ese tiempo, tomó la decisión del repliegue, mientras tanto, en la azotea de un edificio del cuartel, un hombre, con una ametralladora calibre 50, barría toda la calle una y otra vez hasta que él comenzó a neutralizarlo. Recordaba también la orden de retirada y su presencia hasta el final en el combate, cuando montaba en el último auto, para bajarse unos instantes después y ceder su lugar a Abelardo Crespo, que estaba herido.

Se quedó allí en soledad, toda su imponente estructura física frente al cuartel, acompañada nada más de su escopetón y el silbido inquietante y agudo de los proyectiles, actuando y al unísono, sumido en un estado anímico difícil, agobiante, trágico ante la idea del fracaso, de la derrota táctica. Se quedó solo, solo. No había nadie en la calle por la que comenzó a retirarse sin dejar de disparar al punto en lo alto, hasta que otro automóvil que ya había salido, dio la vuelta y lo rescató. Luego, supo que había sido un muchacho de Artemisa, Ricardo Santana, quien percatado de que él había quedado atrás, decidió regresar a sacarlo de aquel infierno.

Más tarde vino la reagrupación en Siboney, la hora difícil de sobreponerse a la adversidad y emprender la ruta del monte, circunvalar la ciudad, alcanzar las montañas y reorganizar la lucha en la Sierra Maestra. Se puso en marcha con los compañeros que mejor disposición física y moral tenían para la guerra. Eran nueve hombres dispuestos a cruzar la bahía por el oeste, desde la península de Renté, e internarse en los montes del este de la cordillera. Fidel iba inspirado en la Revolución mexicana, en el pequeño ejército del General de hombres libres Augusto César Sandino, y en la época mambisa de Máximo Gómez y Antonio Maceo. Como jefe de la acción sentía dentro de sí, el metálico, agudo, desolado tañir de las campanas en el umbral de la novela de Ernest Hemingway sobre la resistencia republicana en la Guerra Civil Española. De la lectura de aquellas páginas había aprendido mucho sobre la sicología de los hombres en una guerrilla, justo en la retaguardia montañosa. También se había hecho una idea de la guerra irregular, de sus complejidades y eficacias, de su dinámica de combates previsibles, atrincheramientos en lo áspero inesperado, de prolija capacidad de emboscar y destruir accesos, y de moverse con una constancia tan pertinaz como ágil. Sin embargo, aún Fidel no tenía suficiente experiencia práctica.

En un vara en tierra en las estribaciones del lomerío, el 1ro. de agosto, el teniente Pedro Sarría, aquel joven que durante los exámenes universitarios se hospedaba en el edificio del Cuerpo de Ingenieros –frente a la casa donde vivía Fidel en el Vedado– los sorprendió dormidos, a Pepe Suárez, a Oscar Alcalde y a él, pues el grupo inicial se redujo por la inclemente caminata, la falta de sueño reparador de las angustias y las zozobras, de alimentos y agua, lo que decidió a cinco de los compañeros a aceptar la propuesta de Fidel de acogerse a la intermediación de la Iglesia auspiciada por monseñor Enrique Pérez Serantes, quien adelantaba gestiones para resguardar de la muerte a los sobrevivientes. El teniente reconoció a Fidel y le salvó la vida cuando ya algunos miembros de su patrulla militar se disponían a ultimar a los detenidos. El teniente Sarría repetía como murmurando consigo mismo: ¡No tiren, no tiren, no hagan eso, las ideas no se matan, las ideas no se matan!

Fue un momento muy difícil. La patrulla militar irrumpió a patadas en la frágil choza en que se habían refugiado para dormir, pues para Fidel y sus compañeros, el sueño era denso, irrefrenable, y cometieron el error de resguardarse de la luz y la frialdad allí, donde fue fácil ubicarlos. Los soldados entraron gritando, decididos a asesinarlos, con las venas del cuello alteradas de tanto furor y odio. Y el teniente contenía a sus subordinados, los conminaba a la calma… y en medio de todo comenzó la discusión. Los soldados vociferaban que ellos eran herederos del Ejército Libertador, y Fidel ripostó: «Los continuadores del Ejército Libertador somos nosotros. Ustedes son unos tiranos y unos asesinos». Y luego, cuando los soldados registraron el lugar y descubrieron cinco armas de los Moncadistas, entonces se exaltaron aún más, fue un instante crítico: pero al fin prevaleció la autoridad del teniente Sarría que les decía: ¡Quietos, calma, no tiren, las ideas no se matan! Fidel lo vio ecuánime, sin alzar mucho la voz, pero firme en su determinación de apaciguar a los soldados para que no tiraran, algo a lo que estaban acostumbrados cuando hacían prisioneros.

Llegado el momento de trasladarlos, de encaminarse a la carretera, se escucharon unos disparos en la distancia. De inmediato, Fidel pensó en una estratagema para   provocar el tiroteo y ultimarlos. Su memoria registró aquel instante, cuando los soldados enfurecidos, los encañonaban dispuestos a todo. Salieron caminando, atravesaron unos matorrales y los disparos continuaban. El teniente les ordenó que se tiraran al suelo, pero Fidel, creyendo aún que todo era un pretexto para el asesinato, se rehusó a hacerlo y le dijo: «Yo no me tiro al suelo, no me tiro y si quiere matarme, máteme». Esperando lo que sucediera se quedó impasiblemente erguido. El teniente se le acercó entonces y le susurró: «Ustedes son muy valientes, muchachos», caballerosidad a la que Fidel reciprocó con un gesto: «Mire, yo quiero decirle algo: soy Fidel Castro», y entonces, el teniente le sugirió: «No se lo diga a nadie», y después en el camino, al cruzarse con el Comandante Chaumont,  jefe de los que habían estado masacrando a los jóvenes durante todos esos días en el Moncada, se negó rotundamente a entregarle los prisioneros, y consiguió trasladarlos al Vivac, una cárcel civil en el centro de la ciudad, lo que le salvó la vida a Fidel.

Para él los senderos escogidos son invariablemente los del deber, así le sucedió cuando desafió los peligros en el juicio y alzó su voz para denunciar el crimen cometido contra sus compañeros de lucha, y cuando soportó sin descanso el frío de la cárcel y el exilio hasta el desembarco en el manglar, el barro y los bombardeos, hasta las batallas en el firme de la Sierra Maestra.

Y cuando el triunfo fue una verdad absoluta y pasó el fugaz desconcierto al final de la guerra, emprendió lo difícil aún con más fuerza, para cambiarlo todo, para ser plenos y mejores. Fidel fue uno al principio, pero después sobrevivieron en él todos sus compañeros:  Abel, Renato, Boris Luis, Tassende,  y tantos, tantos otros jóvenes limpios y buenos que dieron su vida por una Patria, independiente, soberana y socialista como la de hoy, y a quienes siempre honró con el sacrificio de cada instante de su vida. Fidel recordaba de manera recurrente  los versos de José Martí a los ocho estudiantes de Medicina fusilados por la ignominia de la política española en Cuba: Cadáveres amados, los que un día/ Ensueños fuisteis de la patria mía,/ ¡Arrojad, arrojad sobre mi frente/ polvo de vuestros huesos carcomidos!/ ¡Tocad mi corazón con vuestras manos!/ ¡Gemid a mis oídos!/ Cada uno ha de ser de mis gemidos/ Lágrimas de uno más de los tiranos!/ ¡Andad a mi redor; vagad en tanto/ Que mi ser vuestro espíritu recibe,/ Y dadme de las tumbas el espanto,/ Que es poco ya para llorar el llanto/ Cuando en infame esclavitud se vive!

Ellos, sus hermanos caídos en el Moncada y a lo largo del arduo camino, lo poblaron para ser en sí una muchedumbre a la que después se sumaron los mártires y los que cada día alientan el sueño.  Por eso Fidel es una espesura, una manigua.  Fidel es pueblo, es la tierra del mambí.

A un sueño realizado, sueña siempre uno nuevo. Fidel es raíz, tronco y follaje de la nación cubana y de la humanidad, y como los viejos hórreos, graneros de la Galicia de donde venía su padre, es reserva para el invierno rudo, la guerra o el olvido, y fuente para el amanecer de 26 en el tiempo, sobre todo hoy, en un aniversario más de aquella alborada de asalto al Moncada, al futuro.

Tomado de Granma.

 

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