El internacionalismo de Fidel.

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“Los tiempos son muy difíciles, pero tengo la más absoluta convicción de que con el valor y la inteligencia de nuestro pueblo y con la solidaridad de ustedes, que de forma tan espontánea y tan generosa se ha expresado en esta reunión, el pueblo cubano, en el que tendrán ustedes el más firme y leal compañero de lucha, sabrá luchar, sabrá cumplir con su deber y sabrá llevar adelante su propósito de salvar la patria, la Revolución y las conquistas del socialismo.”

Fidel Castro Ruz, discurso de clausura
del IV Encuentro del Foro de São Paulo,
La Habana, 24 de julio de 1993

Si bien fue una obra colectiva, como lo es toda obra de la Revolución Cubana, la Segunda Declaración de la Habana constituye la síntesis original, integral e imperecedera del ideario tercermundista y latinoamericanista de Fidel. En los ya casi sesenta años transcurridos desde que el 4 de febrero de 1962 fue aprobada, con vítores y a mano alzada, por más de un millón de hombres y mujeres reunidos en la Plaza de la Revolución “José Martí” de La Habana, en representación de inmensa mayoría del pueblo cubano, mucho han cambiado las condiciones, características, medios y métodos de las luchas populares en el mundo. Sin embargo, los valores y principios internacionalistas, tercermundistas y latinoamericanistas plasmados en este histórico documento siempre han de ser la brújula imperdible con la que el partido, el gobierno, las organizaciones de masas y sociales, y la sociedad socialista cubana en general, realicen las imprescindibles actualizaciones y adecuaciones periódicas a sus respectivas relaciones internacionales.

“Del pueblo de Cuba a los pueblos de América y del mundo” es el encabezamiento de la Segunda Declaración de La Habana que, luego de citar el más conocido fragmento de la carta inconclusa de José Martí a Manuel Mercado, del 18 de mayo de 1895,[1] afirma:

Ya Martí, en 1895, señaló el peligro que se cernía sobre América y llamó al imperialismo por su nombre: imperialismo. A los pueblos de América advirtió que ellos estaban más que nadie interesados en que Cuba no sucumbiera a la codicia yanqui, despreciadora de los pueblos latinoamericanos. Y con su propia sangre, vertida por Cuba y por América, rubricó las póstumas palabras que, en homenaje a su recuerdo, el pueblo de Cuba suscribe hoy a la cabeza de esta Declaración.

Sería imposible reseñar en estas líneas, ni aun en sus términos más generales, la solidaridad internacionalista, civil y militar, brindada por la Revolución Cubana a otros pueblos de todas las latitudes del orbe. Sin pretensiones de llenar ese vacío, aventuro unas palabras sobre el pueblo cubano, en su condición de “más firme y leal compañero de lucha” de América Latina y el Caribe, como lo definió Fidel en el IV Encuentro del Foro de São Paulo.

Las primeras tres décadas de vida de la Revolución transcurrieron en una era bipolar en la que resaltaba el auge de las luchas de liberación nacional —anticolonialistas, antiimperialistas y anticapitalistas— y la acción del Movimiento de Países No Alineados, en pos de un Nuevo Orden Económico Internacional y otras reivindicaciones enarboladas por el entonces llamado Tercer Mundo.

El triunfo del Ejército Rebelde en Cuba, el 1 de enero de 1959, fue catalizador del surgimiento de nuevas formas de lucha popular en América Latina. En correspondencia con los requerimientos de la etapa, el internacionalismo cubano tuvo sus más connotadas expresiones en la región con la participación de combatientes de la Isla en la gesta de Che en Bolivia, el respaldo al gobierno del presidente Salvador Allende en Chile, la amistad y colaboración con los gobiernos militares progresistas de Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos Herrera en Panamá, el estrechamiento de las relaciones con las naciones del Caribe, el apoyo a las luchas de los pueblos contra los Estados de “seguridad nacional” impuestos por el imperialismo norteamericano, y como colofón de la etapa, en la hermandad con la Revolución Sandinista en Nicaragua y el gobierno del Movimiento de la Nueva Joya en Granada, ambos triunfantes en 1979.

Tomado de Santa Mambisa.

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