De Obama a Trump: la guerra no convencional contra Venezuela

Por Razones de Cuba

El 20 de enero de 2017, el cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, Barack Hussein Obama culminó su mandato en la presidencia y lo sucedió el empresario multimillonario devenido «político» Donald John Trump, quien heredó toda una enciclopedia de cómo derrocar gobiernos opuestos a los intereses imperiales de manera no convencional.

El «premio nobel de la Paz», a solo dos años de su primera incursión como presidente, durante su discurso en la Asamblea General de la ONU el 21 de septiembre de 2011, definió la estrategia que en aquel entonces empleaba contra Libia como un “nuevo modelo de intervención”, que posteriormente legitimó como una modalidad más efectiva y menos costosa de hacer la guerra. Estados Unidos estaba empantanado en Irak y Afganistán, el costo económico y político para la Casa Blanca era muy alto. Entonces, Obama retomó tácticas ya manidas desde la Segunda Guerra Mundial y se acogió a los métodos de la Guerra No Convencional (GNC). En su postura también influyó el cambio en la estrategia militar estadounidense apegado a un nuevo esquema estructurado a partir de lo que teóricamente se denominó el «Poder Inteligente», definido por el profesor de la Universidad de Harvard, Joseph Nye, como la conjugación coherente del poder duro y el poder blando, así como por otros resortes teóricos como el «Golpe Suave» del politológico estadounidense Gene Sharp.

Durante el primer mandato de Obama salieron a la luz dos manuales de Guerra No Convencional para las Fuerzas Especiales del gobierno de Estados Unidos: la Circular de Entrenamiento No. 18-01 de 2010 y la publicación de Técnicas del Ejército ATP 3-05.1 de septiembre de 2013.

Ambos documentos, en más de 400 cuartillas, contienen los fundamentos, actividades y consideraciones de los pasos a seguir para hacer efectiva una campaña de GNC en la que incluso citan ejemplos de actividades de este tipo patrocinadas por Estados Unidos. La ATP 3-05, en su introducción define: « […] aunque la GNC es inherentemente un tema sensible, se ha desclasificado deliberadamente con el objetivo de hacerla accesible a todos los funcionarios civiles […] tiene el propósito de enfatizar la utilidad estratégica y operacional de esta como una opción política disponible para los encargados de la toma de decisiones».

Mientras, la Circular de Entrenamiento No. 18-01 define: «Los esfuerzos de EE.UU. con la Guerra No Convencional están dirigidos a explotar las vulnerabilidades sicológicas, económicas, militares y políticas de un país adversario, para desarrollar y sostener las fuerzas de la resistencia y cumplir los objetivos estratégicos de EE.UU. Históricamente, el concepto militar para el empleo de la Guerra No Convencional fue, en primer lugar, apoyar los movimientos de resistencia durante los escenarios de guerra general. Aunque este concepto mantiene su valor, el ambiente operacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial requiere, cada vez más, que las fuerzas estadounidenses lleven a cabo la Guerra No Convencional en escenarios de guerra limitada».

Estas herramientas sirvieron, en lo fundamental, de guía a las acciones desarrolladas por Estados Unidos y sus aliados, contra los países del África del Norte y Medio Oriente, durante la denominada «primavera árabe», y contra gobiernos de izquierda de América Latina. En esta última región, la República Bolivariana de Venezuela, ha sido en la actualidad, el más importante balón de ensayo para constatar en la práctica, «la efectividad» de los métodos de GNC.

Cuando Obama llega a la Casa Blanca en enero de 2009, la Revolución Bolivariana era conducida por el eterno Comandante, Hugo Chávez Frías, elegido popularmente con más del 62% de los votos para conducir su país en el período 2007-2013. Ese propio año, en abril, durante la Cumbre de la Américas en Trinidad y Tobago, Chávez le obsequió a Obama el libro: Las venas abiertas de América Latina, del escritor uruguayo Eduardo Galeano, y relataron los medios internacionales de prensa, que también le ofreció su amistad y le dio un apretón de manos.

Obama, pronto olvidó el gesto de Chávez y durante su mandato, bajo el manto de la no intervención en los asuntos internos de Venezuela, se desplegaron innumerables acciones encubiertas contra la nación bolivariana, desde una intensa campaña mediática con una fuerte retórica antichavista para desprestigiar los logros alcanzados en materia social y económica, así como para magnificar cualquier evento que les permitiera justificar en la arena internacional, emprender acciones contra Caracas. Recurrieron al financiamiento multimillonario de una oposición violenta para desarrollar protestas callejeras (guarimbas), e incluso atentar contra la vida del mandatario, así como trataron por todas la vías y métodos posibles de fraccionar la unión cívico militar.

No obstante, la más sostenida en el tiempo fue la guerra económica, en función de estrangular el principal rubro de exportación de Venezuela, el petróleo. En 2011, Estados Unidos impuso sanciones a la petrolera estatal (PDVSA) por hacer negocios con el gobierno y empresarios iraníes, las que establecían que la empresa estaba limitada para suscribir contratos con el gobierno estadounidense, recibir financiamiento para importaciones y exportaciones y obtener licencias de exportación de tecnología sensible. En ese contexto, Chávez respondió que las grandes reservas de Venezuela no eran solo de petróleo, sino estaban en su pueblo: reservas políticas, reservas morales, reservas bolivarianas.

Ya en esa oportunidad, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, avizoraba: « Hay que denunciar esta agresión y hay que preguntarse si Estados Unidos está iniciando una nueva escalada contra la Revolución Bolivariana. El tema esencial no es el aspecto económico de las medidas aplicadas contra PDVSA, sino el riesgo de que esto signifique la decisión de Estados Unidos de provocar nuevos conflictos en la región, nuevos intentos de dividir a América Latina y el Caribe, en un momento culminante de su unidad y de su independencia».

Posteriormente en 2013, tras la pérdida física del Comandante Chávez, la administración estadounidense incrementó su escalada contra el nuevo presidente electo, Nicolás Maduro Moros, pues no concebían la continuidad de la izquierda en Venezuela. Se reiteraron los mismos métodos, pero siguió como eje conductor la guerra económica y la persecución financiera para tratar de demostrar que era un gobierno inviable; se incitó a más violencia callejera, que ocasionó la pérdida de innumerables vidas, sobre todo jóvenes. Las acciones, también fueron dirigidas a tratar de desconocer la legitimidad del gobierno, aduciendo que había sido electo en un proceso antidemocrático, e incitando al golpe de Estado.

Cuando ya tenían un escenario internacional propicio de satanización de Venezuela, Obama emitió en marzo del 2015 una Orden Ejecutiva, declarando el estado de «emergencia nacional por el riesgo extraordinario que representaría la situación en Venezuela para la seguridad nacional de EE.UU.», lo que elevó a un nivel sin precedentes la escalada estadounidense contra Venezuela.

Después de unas cuestionadas elecciones, llega al poder en enero de 2017, Donald Trump, y muchos pensaron que su discurso guerrerista habría dejado atrás los métodos de la GNC. Nada más lejano a la realidad, luego de un año en la Casa Blanca, las acciones de este tipo contra Venezuela siguen sin variación alguna. Al contrario, se ha apreciado un incremento de la retórica de altos miembros del gobierno, incluido el propio Presidente. Para ello, han contado con un aliado incondicional el secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien fortaleció las posiciones antichavistas en el seno del organismo.

Las sanciones económicas contra funcionarios gubernamentales se incrementan, PDVSA sigue siendo su blanco principal. El 25 de agosto de 2017 se dirigieron a bonos de deuda de esa empresa y del Estado venezolano bajo la acusación de que son emitidos por una «dictadura y en respuesta a la violación de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales por parte de la administración Maduro». Al respecto, el Secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, aseveró: «Maduro ya no podría sacar ventaja del sistema de financiamiento estadounidense para facilitar el saqueo al por mayor de la economía de Venezuela a costa del pueblo venezolano».

El afán de Trump por sobresalir, y sobre todo por desmantelar el «legado» de Obama, no podía escapar tampoco al caso Venezuela, y para no limitarse a considerarla una amenaza a su seguridad nacional como su predecesor, el 11 de agosto de 2017, desde su club de golf en Nueva Jersey, refirió: «Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluyendo una posible opción militar si es necesario […] Tenemos tropas en todo el mundo en lugares muy lejanos, Venezuela no está muy lejos y la gente está sufriendo y se está muriendo».

Aunque con posterioridad, como de costumbre, varios funcionarios de la administración trataron de interpretar qué había querido decir el Presidente e incluso que esa opción no era viable, no podemos obviar que durante 2017 se realizaron varios ejercicios militares en el Pacífico y el Caribe, algunos frente a las costas de Venezuela. En la actualidad se conocen más de 50 bases norteamericanos en la región, por lo que las fuerzas para desarrollar cualquier acción militar no habría que buscarlas tan lejos, como aseveró el mandatario.

Pareciera que las Asambleas Generales de la ONU son el escenario propicio para que los presidentes estadounidenses expongan cómo realizan sus agresiones al modo de la GNC. Durante la 72.ª sesión del organismo en septiembre de 2017, en su discurso al plenario, al referirse a la situación de Venezuela, Trump señaló que «era deber de todos retornar la democracia a ese país. No podemos quedarnos al margen y mirar. Como un vecino y amigo responsable, debemos tener una meta: recuperar la libertad, restaurar el país, retornar a la democracia».

Agregó que el país está «al borde del colapso total» y dijo que EE.UU. estaba listo para adoptar nuevas medidas si el presidente Maduro «persiste en su camino para imponer un gobierno autoritario […] El pueblo venezolano está hambriento y su país está colapsando […] La dictadura socialista de Maduro ha generado un dolor terrible y un sufrimiento al pueblo». En esos días, durante uno de los pocos contactos con mandatarios latinoamericanos se quejó del rechazo unánime de la región al empleo por EE.UU. de la fuerza militar contra Venezuela.

Para ratificar sus posturas, la administración Trump, también dedicó espacio a Venezuela en la Estrategia de Seguridad Nacional 2017, esta vez junto a Cuba, país donde han desarrollado por casi 60 años una intensa campaña de GNC, sin resultados. En el acápite referido al Hemisferio Occidental, señala: «En Venezuela y Cuba, los gobiernos están aferrados a anacrónicos modelos autoritarios izquierdistas, que continúan fallando a sus pueblos […] Anhelamos el día en que los pueblos de Venezuela y Cuba puedan disfrutar la libertad y los beneficios de la prosperidad común, e instamos a otros estados libres en el hemisferio a apoyar este empeño común». Mientras, en la estrategia de Defensa Nacional, recientemente divulgada, aunque obvian la región, precisan que «en apoyo a la iniciativa interagencial de EE. UU., el Departamento de Defensa profundizará sus relaciones con los países de la región que contribuyan a las capacidades militares ante los desafíos comunes de seguridad, tanto regionales como globales».

Si pudieran quedar dudas, de que hay una intensa campaña de GNC contra Venezuela, las declaraciones del 23 de enero pasado del director de la Agencia Central de Inteligencia, Mike Pompeo, despejan cualquier incertidumbre. El mismo reconoció que los servicios de espionaje estadounidenses estuvieron detrás de algunas de las sanciones adoptadas los últimos meses contra el Gobierno de Nicolás Maduro. Señaló: «El presidente no estaba satisfecho con la descripción de la situación que le habíamos presentado. Quería más claridad en relación con algunos asuntos financieros, como sobre quién tenía el dinero». Precisó que tenía un especial interés en saber «cómo estaba relacionado el Gobierno de Maduro con las Fuerzas Armadas venezolanas, para así poder tener una imagen más completa […] La segunda o tercera batería de sanciones obedecía a nuestras recomendaciones».

En lo inmediato, no se puede descartar que las agresiones contra Venezuela, utilizando los métodos de la Guerra No Convencional, dejen de jugar un papel principal en la estrategia estadounidense contra Caracas, máxime cuando en el primer cuatrimestre del presente año se desarrollarán las elecciones presidenciales, y la oposición pagada por Washington y aupada por la ultraderecha antivenezolana y anticubana de Miami, está más fraccionada que nunca y ha sufrido duros reveses en los tres últimos procesos electorales.

Estados Unidos ha demostrado que en su GNC contra Venezuela, «todo vale», e incluso ya pudieran actualizar los manuales de preparación para sus Fuerzas Especiales y los hacedores de política. Por eso, nuestra América toda debe estar alerta, porque el fuego y la furia que hay en la Casa Blanca de Trump, pudiera generar decisiones impredecibles con impacto en una región de paz como América Latina y el Caribe.

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