Respondiendo a la infamia de una diplomática yanqui

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Por Miguel Angel García Alzugaray

Razones de Cuba

Con la prepotencia y el desparpajo que caracterizan a los representantes del gobierno de Donald Trump, la diplomática estadounidense Michele Roulbet además de proferir una sarta de groseras mentiras contra Cuba, se atrevió a cuestionar ante el Consejo de Derechos Humanos (CDH) en Ginebra, la reciente elección presidencial en nuestro país.

Esta infame intervención de la diplomática yanqui recibió la contundente respuesta del canciller cubano Bruno Rodríguez que subrayó que: “es Estados Unidos el que prohíbe a sus ciudadanos viajar a Cuba y restringe su libertad de viajar…y niega a las familias cubanas el otorgamiento de visas en su embajada en La Habana”.

Los países que critican el récord en derechos humanos de su gobierno, dijo Rodríguez, “no tienen ninguna autoridad moral para enjuiciar a Cuba, y por el contrario son los autores de amplias y bien documentadas violaciones de los derechos humanos.”

En su declaración inicial, el canciller cubano criticó el “recrudecimiento del bloqueo” impuesto por Estados Unidos, al que calificó como un “acto de genocidio”.

El canciller cubano dijo que era “lamentable que algunos países continúen manipulando los derechos humanos con fines políticos para justificar el bloqueo y el cambio de régimen en Cuba”.

“Al igual que en muchos otros países donde existe el Estado de Derecho, en Cuba no se puede quebrantar la legalidad o intentar subvertir, al servicio de una agenda externa de cambio de régimen, el orden constitucional y el sistema político que los cubanos hemos escogido libremente”, declaró Bruno Rodríguez. “Quienes así operan, no merecen el noble calificativo de defensores de los derechos humanos sino califican como agentes de una potencia extranjera según buena parte de las legislaciones occidentales”.

¡Con qué moral se atreve esta mediocre diplomática yanqui a cuestionar la observancia de los derechos humanos en nuestro país!. El decadente imperio que representa, es el mayor violador de los mismos en todo el mundo, y sobre su conciencia , si por casualidad la tiene, lo que por supuesto dudo, se acumulan millones de víctimas inocentes de las guerras que desata constantemente,  y todo tipo de crímenes contra la humanidad , cuya lista sería interminable.

Pero si de cuestionar la legitimidad de unas elecciones se trata, resulta conveniente refrescarle la memoria a la mencionada Michele Roulbet sobre lo que ocurre tradicionalmente en los comicios presidenciales de su país

Un corrupto sistema electoral

No es un secreto para nadie que el sistema electoral norteamericano es el más obsoleto y controvertido del planeta. Su falta de transparencia y equidad son proverbiales, lo que propicia como veremos una corrupción institucional generalizada.

En los últimos 16 años –desde el épico enfrentamiento presidencial de 36 días en Florida en el año 2000 que se resolvió no por un recuento total de los votos sino por un Tribunal Supremo dividido por sus filias partidistas– las acusaciones de votaciones amañadas y robo de votos son cada vez más comunes entre miembros del partido republicano y el demócrata, lo que ha vuelto el proceso electoral en los Estados Unidos incluso más politizado, enconado y plagado de desconfianza que en algunas repúblicas llamadas por ellos mismos “bananeras” por su cuestionada democracia y son conocidas por su servilismo en Latinoamérica.

Esas actitudes son el resultado de una década de letanía por parte de los republicanos de que las elecciones pueden ser manipuladas por la participación ilegal de gente muerta, migrantes ilegales e incluso de animales domésticos. A día de hoy, muchos republicanos están convencidos de que Barack Obama fue elegido solo porque grupos de organización comunitaria como  Acorn –ahora desaparecida– registraron cifras extraordinarias de votantes que no existían en barrios marginales y porque autobuses llenos de mexicanos cruzaron la frontera para votar utilizando algún otro nombre.

Ocho años antes de que se pensase en que la elección de Trump pudiese estar “amañada”, el primer oponente republicano de Obama, John McCain, dijo en un debate presidencial que Acorn estaba “a punto de perpetrar uno de los mayores fraudes en la historia de las votaciones de este país,quizá destrozando el tejido democrático”.

Mientras que los candidatos demócratas rara vez han recurrido a ese tipo de lenguaje incendiario, sus seguidores de base sí que lo han hecho, algo que indica que el problema va más allá de los partidos. En las elecciones de 2004, en las que George W. Bush fue reelegido a pesar de la creciente impopularidad de la guerra de Irak, hubo una explosión de teorías de la conspiración sobre que los republicanos confabulaban con los fabricantes de las máquinas electrónicas de voto y que nunca volverían a perder unas elecciones.

Por su parte, un núcleo duro de seguidores de Bernie Sanders sigue convencido de que el senador de Vermont se quedó sin la nominación presidencial demócrata por la turbia maniobra de la campaña de Clinton y el Comité Nacional Demócrata, a pesar del hecho de que Clinton ganó por más de tres millones de votos.

Máquinas defectuosas y falta de estándares

En la historia americana no faltan manipulaciones reales de votaciones y argucias electorales, especialmente en la época de la segregación del sur profundo. A día de hoy se considera que el sistema electoral estadounidense es una anomalía en el mundo Occidental porque persisten problemas con la fiabilidad de sus máquinas para votar, su frecuente incompetencia burocrática, la falta de estándares uniformes entre estados e incluso entre condados, su exclusión sistemática de más de 6 millones de criminales y antiguos presos, y la tendencia de los funcionarios electorales de adoptar reglas que benefician a sus partidos por encima de la democracia en sí misma.

Sin embargo, hasta el año 2000 estos problemas no fueron aireados en público. La batalla sobre la mafiosa Florida arrancó el velo de un sistema disfuncional y ofreció una oportunidad no solo de una significativa reforma electoral –un lento y frustrante proceso– sino también de nuevas formas de guerra política que no se habían visto desde los días negros de la época de la segregación en la que el proceso electoral se convirtió en el objetivo de la diana, particularmente para los republicanos.

Quizá comenzó cuando el recuento manual de las papeletas de votación perforadas solicitado por Al Gore y los demócratas –algo que ambos partidos han presionado a menudo para que se realizara en anteriores elecciones– fue calificado por muchos republicanos como una forma “de fraude a cámara lenta”.

En Misuri, el senador republicano Kit Bond echó un vistazo a los votantes afroamericanos de superpoblados distritos de San Luis emitiendo votos más allá de la hora de cierre oficial de las urnas –algo que desde entonces se ha convertido en una práctica muy habitual en muchos estados– para criticar algo que él llamaba “una gran organización delictiva”.

Pronto se enraizó una narrativa de que los demócratas eran ladrones de votos habituales –algo que fue indudablemente cierto en los días de Boss Tweed en el Nueva York de 1860, pero que ahora hace saltar las alarmas de la discriminación racista, ya que los votantes bajo sospecha son sobre todo los negros y los latinos. En unos pocos años, políticos como Sarah Palin se distinguieron abiertamente como ” verdaderos americanos” –lo que venía a significar republicanos blancos– del resto, y estados bajo el control republicano aprobaron leyes de identificación de votantes para terminar con el problema. –el fraude de la suplantación del voto.

Leyes contra vagabundos, estudiantes y pobres

Según lo que han comenzado a descubrir los tribunales federales, el efecto de estas leyes ha sido la discriminación contra grupos de votantes –vagabundos, ancianos, estudiantes y pobres– que son más afines a apoyar a los demócratas. Dado el nivel de desconfianza, con mayor frecuencia los miembros de las bases de ambos partidos han llegado a definir la democracia según las elecciones que ellos ganan y cualquier otro resultado como un indicio de robo y corrupción.

Royal Masset, un antiguo director político del Partido Republicano de Texas, contó cómo el día después de unas elecciones recibió decenas de llamadas de candidatos disgustados. Sus quejas tenían que ver con una indignación infundada que normalmente versaba sobre inmigrantes ilegales o figuras políticas en el punto de mira como Jesse Jackson. “Los seres humanos no aceptan la derrota fácilmente”, apuntó en 2007.

Una interesante encuesta del American National Election Study hecha en 2012 muestra que la gente es menos propensa a ir a votar cuando su fe en la integridad del sistema se ha quebrado, y mucho más propensa a votar si piensan que las papeletas se cuentan de manera limpia.

Señora Michele Roulbet, si aún no lo sabe, es bueno que se entere de que hoy gracias a la Revolución, en Cuba no ocurren los desmanes electorales tan comunes en su país.

Como expresara en su intervención ante el CDH el compañero Bruno Rodríguez Parrilla, antes del 1 de enero de 1959: “No había en Cuba derechos para los obreros y campesinos, eran frecuentes las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas y los actos de tortura. Era cruel la discriminación por el color de la piel, había un alto nivel de pobreza y las niñas y mujeres eran aún más excluidas. La dignidad de los cubanos era mancillada y la cultura nacional agredida.

La Revolución cubana, liderada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, transformó esa realidad y continúa empeñada en elevar cada vez más la calidad de vida, el bienestar y la justicia social para todo nuestro pueblo, materializando todos los derechos humanos.

Esa voluntad de proteger la dignidad humana, proveer igualdad de oportunidades, y «conquistar toda la justicia», ha sido invariable  e  inquebrantable hasta hoy”.

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